Vivir y sobrevivir

Ni siquiera hemos empezado a vivir. Nos hemos limitado a sobrevivir.

Nos hemos limitado a seguir los deseos de nuestro cuerpo, a andar preocupados por nuestros vestidos, a no ser capaces de sobrellevar ningún dolor sin quejarnos, a hacer a nuestra voluntad esclava del que es vehículo. Y los músculos que entrenamos entre sudores y a todas horas no nos sirven para tenderle la mano a un anciano.

Queremos comer bien, estar cómodos y descansados, beber un buen vino y tener los pies apoyados en la mesa, mirando intrigados el quehacer de hombres aún más vagos. Estos deseos responden a nuestra naturaleza, pero no podemos perder la paz cuando no se cumplen.

Sin embargo, el vivir empieza donde acaba el sobrevivir; es solamente la base para que la vida se desarrolle.

Cuando por el amor de Dios somos creados, nuestro corazón empieza a latir, nuestros pulmones a inhalar, nuestro tacto a sentir y nuestra boca a gritar; somos capaces de experimentar miedo, el miedo de morir. Pero el hombre siente algo más y hay algo que le da esperanza donde ya no hay: una divina voluntad de no dejar atrás este mundo como si no hubiéramos estado en él y de perfeccionar lo creado cada día para trascender este mundo de apariencias y llegar a Aquel que es la claridad.

Mas no creo que ante las puertas de la muerte haya hombre que quiera tomarse un vaso de agua para calmar la sed que siente o ir al baño a toda prisa… Porque somos superiores al sobrevivir y anhelamos llegar a aquella vida que es eterna.

Pues bien: ¿qué es vivir?

A grandes rasgos, es aquel conjunto de actividades propias del hombre, aquellas a las que los animales no pueden acceder.

Es ilusionarnos, soñar, aprender, escribir, leer, admirarnos, sacrificarnos, rezar, jugar, crear, hablar, escuchar… Congregarse alrededor de una mesa y conversar es un privilegio (y una obligación) reservada al género humano.

Observando la vida de los grandes santos vemos cómo llegaron a la experiencia más profunda –a lo alto de la cima- de aquello que llamamos vida, no solamente ayudando al prójimo, sino también renunciando cada vez más a aquello que forma parte del sobrevivir. Vemos a santos que se alimentan tan solo del Cuerpo de Cristo, a algunos que hacen penitencias que los llevan a desmayarse, a otros que se dedican al cuidado de los leprosos e incluso a aquellos que, para gloria de Dios, duermen tres horas debajo de unas escaleras…

Esto no quiere decir que tomarse una cerveza sea un pecado (si bien se podría convertir en ello), sino que la esencia misma de nuestra vida está no en la otra dirección, sino más allá.

Tampoco quiere decir que nuestro cuerpo sea un lastre muerto, sino que es un vehículo que puede y debe llevarnos a la santidad, pero nunca entorpecerla. No somos solo almas atrapadas en un cuerpo, sino que seremos resucitados también en cuerpo.

Descubriremos quizás, todas las horas que pasamos siguiendo ciegamente impulsos de nuestro cuerpo: comiendo, durmiendo..., para sentar las bases de lo que será el vivir. Hasta que se nos haya pasado un día, un mes, un año… la vida.