El viaje más largo

No hay que salir de casa para hacer viajes, no hay que moverse para desplazarse. Podemos volar con el pensamiento adonde queramos, como queramos y a la velocidad que nos apetezca. Pero nuestro viaje más largo en esta tierra sucede dentro de nosotros: de la mente al corazón.

Había una vez un hombre que leía mucho la Biblia y la tenía siempre consigo. En cada viaje, a cada paso, meditaba la Sagrada Escritura. He aquí, que un día, en medio de una tormenta en el mar, su querida Biblia se le cayó por la borda, perdiéndola para siempre. Él se preguntaba por qué el Señor había dejado que sucediera eso, por qué le había arrebatado la Escritura. De esta manera tuvo que vivir hasta el fin de sus días. Cuando murió, al llegar a la presencia de Dios, le preguntó:

-¿Por qué Señor, me hiciste eso?
-Para que hicieras vivo lo que habías leído.
Ese hombre había paseado mucho su Biblia. Quizás demasiado. Pero nunca se había preocupado por aplicarla. La religión católica, la fe verdadera, no sólo sirve para criticar y ganar discusiones, sino, sobre todo, para vivirla. Así nos sucede a nosotros. Nos lo sabemos todo, pero no lo vivimos. Ese es el paso más grande que hay que hacer en la vida: transformar las palabras en hechos, en actitudes.

Si nos fijamos bien, una sola canción infantil contiene palabras trascendentales, capaces de hacer de un pecador un santo, si tan solo se entrega a lo que cree.

Parece que tuviéramos un biblioteca de saber, pero una biblioteca que no nos la sabemos. Debemos empezar, como ese hombre, a interiorizar esa biblioteca. Ni siquiera tiene que ser una biblioteca; una frase hecha vida sería suficiente.

Aunque no se pueda poner por obra tan manifiestamente la caridad o el amor al prójimo, deberíamos siempre hacerlo en las cosas pequeñas y, además, actualizarlo en nuestro corazón. Deberíamos darle vueltas, pensar sobre ello, imaginar cómo lo haríamos. Debemos ayudar a esa idea para que baje desde la cabeza al corazón. Debemos entrenarla de forma imaginaria, para poder practicarla con más eficacia. Debemos convencernos de que amamos al prójimo.
Creo que una de las consecuencias más graves que tuvo la caída de Adán y Eva fue la separación que se produjo entre lo que pensaban y lo que hacían. Jesús lo unió de nuevo en Él y a nosotros nos toca mantener esa unión: ser verdaderamente humanos, consecuentes y fieles a la verdad, de palabra y de obra.

Pidámosle a María que nos ayude en este gran viaje, porque fue Ella la primera en realizarlo.