Déjate guiar

Muchas veces nos pasa que no avanzamos en nuestra búsqueda de felicidad. Incluso cuando alcanzamos lo que nos proponemos, sentimos un vacío. Y nos preguntamos la razón por la cual no nos llena todo lo que hacemos, si todo está bien. Vamos a misa, rezamos, hacemos obras de caridad y somos muy creyentes… Pero nos falta felicidad. No tenemos paz en lo que hacemos. Y no tener paz es indicio de que Dios no está presente.

Las desviaciones de la vida no sólo son aquellas que son completamente apartadas de Dios, sino que también pueden ser muy pequeñas. Pueden consistir en un pequeño paso, pero es un paso alejándonos de donde deberíamos estar.

Nos alejamos porque vivimos conforme a una visión que hemos creado de nosotros mismos, de lo que somos y queremos ser. El problema es que por nuestra propia cuenta no podemos conseguir un conocimiento verdadero de nosotros mismos. Nuestra condición nos dificulta una clara mirada sobre nuestro ser, lo que lleva muchas veces a una distorsión de lo queremos de verdad. Los factores internos y externos nos desvían y no nos dejan avanzar con rectitud en nuestra vida. Tenemos unos deseos inscritos en nosotros mismos, pero si los interpretamos mal, podemos intentar saciarlos por vías equivocadas.
Que uno tenga el deseo de enseñar, no significa que tenga que ser catedrático. Quizás está destinado a ser maestro de escuela.
El mundo nos hace creer que necesitamos más, nosotros mismos nos lo creemos, el demonio nos abre el camino y ¡pum! Ya somos una persona incompleta y diferente.

Tenemos que ponernos a la escucha, tenemos que dejarnos encontrar completamente por Él.

Y sucede que un día nos encontramos de verdad con el Señor y Él nos dice que tenemos que cambiar, porque no somos lo que Él había pensado para nosotros. ¡No somos nosotros! Es un golpe fuerte para lo que habíamos estado construyendo por tanto tiempo. La primera reacción es la de rechazo. Pensamos que para ser un poco mejor, para llenar ese “pequeño” hueco no hace falta tanto cambio.

Una vez, en una carrera de bicicletas, llegué primero a un monte donde estaba la línea de meta. En la última bifurcación tomé el giro a la izquierda, llegando hasta la cima, pero no del todo. Una valla me separaba de la meta, que estaba a sólo cincuenta metros. Tuve que dar toda la vuelta, para coger el camino de la derecha que sí llegaba a la meta.
A nosotros nos pasa lo mismo. Tenemos que deshacer todo lo que creíamos que nos iba a dar la felicidad y llenar ese hueco. Tenemos que dejar al Señor que lo haga.

Tenemos que dejarle actuar y tener una actitud sincera respecto a Él y a nosotros. Supone el dejar las costumbres que creíamos sanas, abandonar todas nuestros “sueños”, soltar cosas que creíamos fundamentales, si el Señor lo pide.

El maestro verá cómo sale de la universidad, abandonará toda pretensión a la cátedra para encontrarse a sí mismo como maestro.
Yo tuve que deshacer todo el camino hecho, para encontrar la meta.

El Señor nos da -o, mejor dicho, nos dio- las llaves de nuestra vida, y nosotros dijimos: “Gracias. ¡Me voy!”. Y nos olvidamos del Señor. Podemos hasta decir: “Súbete y ven conmigo”. Pero la mejor decisión es dejar conducir al Señor, porque Él nos ha hecho y nos ha dado la vida. Él conoce lo que queremos y conoce los caminos. Con Él no tememos equivocarnos.

El Señor nos hará de nuevo. Hará de nosotros lo que tenemos que ser, quitándonos lo que tenemos para darnos algo mejor. Recordemos esto cuando empiece el proceso. Porque no va a ser fácil desprendernos de muchos afectos personales, trasladarnos, cambiar de costumbres, mortificarnos. Pero hagámoslo con alegría. El hombre que vendió todos sus bienes para comprar el terreno del tesoro no los vendió con cara amargada, sino más bien con profundo gozo.

Dejemos, a modelo de María y Jesús, descansar nuestra voluntad en la voluntad de Dios.

Señor, tú que me has dado la vida, enséñame a vivirla.