La castidad

He querido escribir esta vez sobre la castidad, ya que es un tema el que se le da demasiada importancia en un sentido y demasiado poco en otro. La castidad ya no es una proposición para vida recta, sino que hay que convencer.

Ser casto es un don con muchos frutos.

Hoy en día abundan las charlas, los escritos y conversaciones sobre este tema, porque la gente se centra más en tener información que en asimilarla.

Las personas más puras que he conocido no podrían, seguramente, dar una conferencia sobre la castidad. El efecto de la castidad no es tener mucho control sobre sí mismo, saberse manejar, frenar, saber dónde está la tentación y evadirla con astucia. Como hacerse poco a poco un caparazón, suficientemente espeso para aguantar cualquier golpe, medido y hecho con lógica y razón. No… El fruto es pureza de corazón. Una pureza tal, que se nota en los ojos, en la cara. Antes que una armadura que te protege es un fino manto, cómodo y claro. Una luz libre y liberadora. Una verdad capaz de moverse por el barro sin mancharse.

Conoceréis esas personas, que se les nota la pureza. Personas humildes, simplemente buenas, en las cuales el mundo quizás no se fije, pero cuya sabiduría es mucho más grande que la de cualquier intelectual. No se debe al hecho de que sepan mucho, sino a su pureza: cada idea que sale de su mente es pura.

Y eso no se alcanza informándose mucho.  Las virtudes son como trabajadores en una cinta de producción. Lo que uno hace se lo pasa a otro y al final sale el producto: nuestras acciones. Y nos damos cuenta de que todo lo que pasa por el trabajador “Castidad” sale mal. Muchas veces no es él la razón, sino que se debe a que lo que le llega ya está mal hecho. Lo que sucede es que los trabajadores “Humildad”, “Obediencia” y “Caridad” no están en sus puestos o no lo están haciendo bien. No podemos intentar ser castos, pero ser desobedientes; castos pero soberbios; castos y avaros. Porque las virtudes crecen juntas. Necesitamos humildad, necesitamos ser obedientes, tenemos que amar al prójimo, tenemos que saber ser templados y fuertes.

Todo ello es castidad y se aprende en el día a día. Son el cimiento, fortalecen la virtud y le dan forma. La virtud no viene de la nada en momentos precisos donde la necesitamos. ¿Cómo vamos a cosechar de un campo donde nunca hemos plantado nada? ¿De dónde sacaremos virtud cuando la necesitemos? Como querer vestirse para el banquete sin tener manto. Todos los días son una oportunidad para plantar ese grano, tejer el manto, mortificando nuestros pequeños caprichos, amando a las personas que el Señor nos ha puesto cerca, nos caigan bien o mal, obedeciendo a quienes debemos obedecer, trabajando con diligencia, siendo humildes, sin vanagloria…

Pero solos no podemos alcanzar esto. Tenemos que rezar para que se no conceda esa gracia. Nos damos cuenta en el momento en el que intentamos poner en práctica esa teoría: no podemos solos. Quién no se lo crea, que lo intente con todas sus fuerzas. Esas personas puras de las que antes hablaba rezan mucho, porque saben que todo viene de Dios. Y Él les concede lo que quieren.

Reciben esa pureza, esa libertad de darse a quienes quieran. No les ata ningún pensamiento ni deseo pervertido. Se entregan con libertad completa. Tienen una limpieza tal que atrae a cualquiera que lo ve, tienen verdadero atractivo. No se centran en conseguirlo, sino que simplemente lo son. Cubriéndose desvelan su verdadera belleza.

Parecen además tener capacidades especiales. Saben elegir bien los amigos, saben comprender, escuchar, están siempre alegres y muchas cosas más. Porque la castidad no sólo se fija en “ella misma”, sino que invade toda nuestra vida. Al igual que otras virtudes se encuentran en ella, ella está en otras y las fortalece. Ven lo bueno en todo y a Dios tal como es. Todo lo que dicen, piensan o hacen lo hacen sin mancha. Contemplan lo bueno, no porque no vean lo malo, sino porque lo bueno es demasiado bello para fijarse en otra cosa. Porque la pureza transciende toda la vida. No hay nada mejor que ver una relación transparente, fiel y fecunda, libre de tacha.

Queremos siempre a la persona perfecta para nosotros pero ¿somos nosotros también perfectos para ella? Queremos a alguien limpio ¿Lo somos nosotros?

Puede que después de leer esto uno piense que no hace falta esfuerzo, pero no es verdad. El combate es encarnizado, pero dulce. Hoy en día nos fijamos tanto en luchar que nos hemos olvidado para qué lo hacemos. Tenemos que quitarnos esa armadura, mirar al cielo y ver que con todo nuestro poco esfuerzo y con mucha Gracia, podemos ser puros. Miraremos hacia lo alto mientras nos pinchan, queman y nos quieren hacer caer, pero a nosotros no nos tocará. No veremos la tentación como algo cercano y amenazante, sino como algo lejano que no nos alcanzará. La pureza acerca a Dios y aleja del mal.

Si somos fieles en lo poco, también lo seremos en lo mucho. No hay que fijarse tanto en ser castos puntualmente, sino en ser buenos hoy. Uniendo cada día hilos al final tendremos ese manto, regando cada día, la planta dará fruto. Sé bueno, serás casto.