La incomodidad

En un campamento de verano en que pude estar, nos dieron una reflexión, en la cual nos dijeron una cosa que se me ha quedado grabada: “si estáis cómodos con vuestra vida, estáis haciendo algo mal”. Justo antes en la meditación estábamos hablando sobre los actos de servicio que hacemos, sobre todo los pequeños de cada día que pueden enriquecer la vida de las personas a las que se lo hacemos. Y de pronto nos dijeron otra cosa igual de memorable: “Es verdad que los actos pequeños son importantes, pero no nos quedemos ahí, porque somos capaces de hacer actos grandes”. Poner tu grano de arena cada día para construir el Reino de Dios es muy importante, pero tenemos la capacidad de poner rocas enteras. Y creo que ya vais comprendiendo a lo que me refiero.

Nuestra vida tiene que ser “incómoda”. Viendo el mundo, comparándolo con lo que debería ser el Reino de Dios, nos daremos cuenta de la gran diferencia que existe, a pesar de no tener más que una idea muy vaga de lo que podría ser. Y aun así hay una diferencia abismal. El Señor nos llama a construir el cielo ya en esta tierra, nos anuncia que ya está aquí. Esto puede suceder por medio de nosotros, Sus herramientas. Y el Señor emplea los mejores trabajadores en sus trabajos. Por eso nos ha dado la capacidad de construir de una forma que nunca habíamos imaginado. Somos capaces de hacer lo que Él nos ha mandado hacer. El Señor no sólo quiere que seamos granos de arena en su construcción. ¡Quiere que seamos rocas! ¡Piedras angulares!

Sí, hacer obras pequeñas cada día para mejorar y santificar a los que nos rodean está bien, pero ¿y si os digo que podríais, con una sola obra, cambiar vuestra vida, la vida de los que os rodean, la vida de muchas personas? No basta sólo con poner granitos, porque podemos hacer mucho más. Sonreírle al conductor del bus es muy bueno, pero acercársele y anunciarle que Cristo vive, es mucho mejor. Ayudar de vez en cuando es bueno, pero servir siempre es mucho mejor. Recordemos que hay grados de santidad en el cielo y que el Señor es fácil de agradar, pero difícil de satisfacer. Se alegra cuando hacemos nuestros primeros pasos, pero espera que aprendamos a correr. Estamos llamados a ser santos y santos de verdad. El Señor sabe a qué nos ha llamado, sabe lo que podemos hacer.  ¿Dónde está nuestra roca?

Tenemos que convencernos de que no estamos haciendo todo, que todavía tenemos un trabajo más que tiene que ser hecho. Esta incomodidad que una vez se experimenta, no se va a ir nunca, si se piensa en ella. Podréis pensar que esto es una forma bastante mala de vivir, siempre con el pensamiento de tener que hacer algo. Pero es justamente esto lo que nos dará paz y nos santificará. Un corredor que ve indicadores en el camino que le muestran cuánto le falta, sabe que va por el camino correcto. Imaginad que no los viera. Estaría corriendo por el camino equivocado. Este corredor sentiría mucha comodidad ya que nada le indica que todavía le falta algo y cada sitio sería el final de su carrera… !Qué cosa tan absurda para una carrera! El camino de santificación es difícil, pero lo llena a uno de paz ya que nos podemos gozar en el caminar, y más aún al llegar.

Por eso tenemos que sentirnos siempre incómodos. Si esto todavía no es el Reino de Dios, faltan cosas por hacer. No podemos vivir cómodos mientras que el Señor todavía tiene, no sólo una, sino varias misiones para nosotros, misiones grandes que tienen que ser cumplidas completamente. ¿Estamos dispuestos a cumplirlas construyendo con piedras, o nos limitaremos a poner granitos?

“Fruto no significa que se tenga un ejército de personas tibias, sino santos”. Fruto sólo tienen los actos “mucho mejores”.

A modo de epílogo:

“Vivimos en este mundo pero no somos de este mundo”. ¿Qué significa esta frase?

Antes habíamos hablado de la incomodidad al actuar. Esa incomodidad de no sólo saber que hay que hacer cosas, sino que las obras que hacemos pueden ser mayores. Existe una incomodidad que está muy relacionada y que es la base y a la vez el fin de lo que deberíamos ser.

Y sí, estamos hablando de la santidad. La santidad es esa incomodidad que sentimos. Porque la incomodidad no nace de saber que se podría haber hecho mejor simplemente por el acto mismo, sino que nace de saber que lo que hacemos tiene consecuencias. Poco nos importa sacar un 8.4 o un 8.41 por la nota, pero sí nos importa si de eso depende nuestra beca. Esa es la diferencia entre el aprobado y el suspendido.

Por eso sentimos que tenemos que ser perfectos, todo lo que hacemos tiene que estar bien hecho. Cuando no sentimos eso, es que creemos que ya estamos “aprobados” en la vida. Que ganaremos ya la vida eterna. Pero recordemos una vez más, que el único que nos “aprueba” (justifica) es Dios en su misericordia.

Esto es a lo que tendemos, lo que tienen como fin los actos que hacemos y es también de donde parten. No haríamos lo que hacemos, no nos entregaríamos si no fuera por algo, algo grande, algo mucho mayor de lo que sacrificamos.

Y a medida que vayamos purificándonos, veremos cuánto nos falta. Y avanzando más, nos daremos cuenta que no sólo tenemos que “aprobar”, sino que tenemos que ser santos de verdad. Esta es la llamada a la santificación, es el liberarse de las ataduras de este mundo para llegar al mundo al cual de verdad pertenecemos y al cual estamos llamados.

Y voy adelantándoos un pequeño consejo: “El camino más rápido a los actos grandes es la propia santidad”.

Tened siempre un rato de oración cada día.