No llevéis nada para el camino

Llega el verano y, con él, el tiempo de descansar, visitar a familiares y amigos, emprender algún que otro viaje y, con todo ello, el tiempo de hacer maletas. Maletas... o una mochila, para aquellos que, por ejemplo, quieran ahorrarse el dinero de facturar equipaje en el avión, se vayan a meter con otras personas en un coche pequeño o simplemente quieran ir más ligeros. La intención es buena, pero siempre acaba faltando sitio y pensamos en lo fácil que resultaría la tarea con la bolsa roja de Mary Poppins que de niños nos dejó igual de asombrados que a Jane y Michael. Pero, desde entonces, hemos aprendido mucho sobre efectos especiales. Hay que buscar otra solución: llevar menos cosas.

El equipaje pequeño tiene además otras ventajas. No acabamos con los brazos hechos polvo por cargar con él. Una vez en nuestro destino, la ropa está guardada en el armario en un periquete, al igual que al volver a casa. Allí a donde se vaya hay más sitio para todos sin las maletas grandes por en medio, y el ahorrar sitio despierta el espíritu aventurero e inventor que todos llevamos dentro para aprovechar al máximo el espacio y darle funciones nuevas a las cosas que llevamos.

Ante todo es un ejercicio de austeridad. Más de una vez hemos vuelto a casa de vacaciones pensando cuánta ropa nos ha sobrado. Y si hubiera hecho falta, nos podríamos haber apañado incluso con menos. El ir menos cargados nos hace más libres, no sólo en el aspecto del movimiento físico.

Lo que dificulta la labor de selección entre lo que se queda y lo que llevamos es, si somos sinceros con nosotros mismos, un deseo de llevar todos los días otra cosa o llamar la atención con ello. El renunciar a muchas cosas accesorias ya desde un principio nos evita caer en la vanidad. Pero el mayor escollo puede que sea querer estar preparados para toda clase de imprevistos e ir cómodos y seguros aun si ocurren: por si llueve, por si hace calor o frío, y un sinfín de cosas más o menos probables.

No se trata de ser imprudentes o temerarios y ponernos en peligro no llevando lo que sabemos que será necesario. Sería insensato no llevar agua para una excursión o un jersey  si vamos a estar sentados fuera y refresca. Son cosas bastante previsibles. Pero hay eventualidades en las que no podemos influir y que además ”sufrirlas” no es grave. La vida no consiste en tener atados todos los cabos. Cuesta mucha energía, ocupa demasiado tiempo que nos hace falta para cosas más trascendentales y en esa falsa seguridad en la que uno se envuelve, cualquier imprevisto tiene un impacto mucho mayor.

Los mismos zapatos pueden servir para andar por la ciudad y, si se limpian un poco, para ir a misa. El pantalón para ir al restaurante se puede lavar si se mancha. Si nos pilla el chaparrón por sorpresa sin impermeable, nos buscamos algún resguardo o corremos hasta donde haya uno, etc. Salir a una caminata con una mochila llena de “por si acasos” rápidamente se convierte en un proyecto considerable. No sólo tenemos que esperar en que en el momento recibiremos ayuda para salir airosos sirviéndonos de nuestro ingenio y lo que tengamos a mano o podamos compartir, sino que, sobre todo, Dios proveerá.

Se trata de ponernos en manos de Dios tal y como describe el evangelista San Mateo (6,26 y 31): «Mirad las aves del cielo; ni siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. [...] No os inquietéis diciendo: “¿qué comeremos?” o “¿qué beberemos?” o “¿cómo vestiremos?”. Por todas esas cosas se afanan los paganos». Tenemos que confiar más en Dios y menos en nuestros limitados planes, habilidades y cosas que nos afanamos. Tanto tiempo y esfuerzo invertidos, con un soplo Dios se los lleva por delante y nos da una lección de humildad. Cuando lo tengamos interiorizado no nos dará miedo «Id sin nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas» (Lucas 9, 3).

Hacer el equipaje para el verano puede ser una oportunidad para poner esto en práctica.