Hacer las cosas bien

Una frase que he oído mucho en mi niñez es la de: “Si las cosas se hacen mal, salen mal”. Puede parecer obvio, una redundancia, y hasta una tontería. Pero si viéramos las pocas veces que nos damos cuenta de que la razón por la cual las cosas han salido mal era porque las habíamos hecho mal, nos sorprenderíamos.

Hacer las cosas bien significa hacerlas bien de verdad. Como modelo para esta actividad es bueno tomar a la Santísima Virgen María. Siempre que pienso qué habría hecho ella en mi situación, me sorprendo de que, prien primer lugar, sé lo que Ella habría hecho; en segundo lugar, sé cómo lo habría hecho; y, en tercer lugar, sé que yo lo estoy haciendo mal.

El orden es un gran componente. El orden material, pero también el espiritual y el temporal.

Si uno quiere hacer algo bien de verdad, se dedica con todo el corazón a ello, y sólo a ello. Hay que tener una disposición adecuada en nuestro espíritu para lo que hacemos. Dedicarse a ello significa poner todo su espíritu en ello. Es querer hacerlo, y no distraerse con otras cosas, voluntaria o involuntariamente. Estoy seguro que la Virgen María empleaba toda su mente, todo su corazón y toda su voluntad hasta en las cosas más pequeñas, para que saliera lo mejor posible.

El orden temporal va muy ligado a esto, porque, si hago algo, es difícil que me salga bien del todo, y porque tardaré más. No me imagino a la Virgen María recogiendo la habitación de Jesús mientras rezaba con Él (seguramente, Jesús tenía su habitación ordenada). ¿Cómo queremos que nos salga bien algo si no nos dedicamos a ello?  Y, seguramente, lo hacía cuando tenía que hacerlo y no cuando tenía que hacer otras cosas. Es difícil a veces hacer lo que se debería hacer. Nos gusta más jugar un poco más y cenar después o no estudiar ahora, y levantarnos antes para hacerlo, pero eso nunca funciona, especialmente lo último. Hay que mantener un orden en el tiempo. No nos agobiemos pensando en otras cosas. Lo que tenemos que hacer es lo que debemos hacer y no otra cosa, porque el Señor quiere que hagamos lo que Él nos da (que es lo mejor para nosotros), mientras nosotros queremos hacer otras cosas peores.

Por eso debemos ser constantes. Una letra sólo es bonita cuando es constante en toda la hoja. La perseverancia enamora a Dios, porque significa que de verdad le amamos. La perseverancia es amar a Dios siempre y no sólo de vez en cuando. Si no tenemos orden en lo que hacemos, tampoco conseguiremos ser constantes, porque tendremos que esforzarnos más o menos, causándonos a nosotros mismos trabas. Todas las cosas nos desalientan en algún momento. Desde una tarea hasta un matrimonio, pero eso no significa que tengamos que dejarlo. Al contrario, ese es el momento para amar lo que hacemos.

Hacer las cosas bien es preocuparse por los detalles. Todo es culpa de la pereza. Nos disculpamos demasiadas veces, diciendo que ese detalle no hace falta, porque es de poca importancia y que no va a tener ninguna repercusión. Pero sorpréndete viendo cómo la Virgen sí que lo hace. Ella no hace las cosas a medias. Ella no deja ni una cosa sin hacer, porque eso significa no hacer las cosas bien. Cuando recojo mi habitación, siempre me queda una pequeña cosa que no hago. Puede que sean los cinturones, algún zapato, los libros…

El antídoto: Hacerlo con amor, hacerlo como si de eso dependiera el todo. Apuesto a que la Virgen lo hacía todo con un amor y entrega indecibles. Cada acto era puro amor. Piensa cómo recogía el taller de San José, poniendo las herramientas en su sitio, quitando el serrín de las esquinas más escondidas, cómo limpiaba la mesa. Y a San José le gustaba, y a Dios le gustaba más. Porque el amor no se ve tanto en las obras grandes como en el día a día. Amor en todo, desde limpiar baños hasta hacer los deberes. Amor y voluntad hasta cuando creamos que sólo nos afecta a nosotros, porque no es verdad.

No nos guiemos por nuestros gustos o disgustos, porque hoy tendremos ganas de hacerlo, pero mañana, como no queremos, lo haremos mal. Esto puede que sea lo más difícil, pero por eso también es lo más importante. El amor es un acto de voluntad. Seguramente a la Virgen no siempre le apetecía hacer algún trabajo, en cambio se sumergía en él por amor.

Seamos obedientes. La mayoría de cosas que no nos gusta hacer y que hacemos mal, es porque no las hemos elegido nosotros. Pero, ¿alguna vez habéis pensado que Dios mismo actúa por medio de las personas que ejercen autoridad sobre nosotros? Se podría decir que Dios mismo nos manda esas tareas y por eso debemos hacerlas lo mejor que podamos. ¿Qué haría María? ¿Decir que “no”?

No hagamos las cosas por rutina. Cada acto tiene que ser con fervor, como si fuera la primera vez. La rutina mata, porque no le vemos el sentido, se pierde el amor y se vuelve una carga. Hay que tener la mirada de un niño, que ve en cada cosa, hasta después de haberlo repetido, el encanto de la primera vez. Un niño busca y encuentra cada vez nuevas cosas en lo que hace y nada le parece aburrido. ¿Por qué nosotros sí?

Pensamos que nuestra salvación depende de que vayamos a evangelizar, de ir a misa, de rezar el rosario etc. ¡Y sí, depende de eso! Pero, ¿y todo el resto del tiempo? Nuestra salvación depende de todos nuestros actos. Ve a Nazaret y pasa un día ahí. Aprende de la vida oculta de Jesús y de cómo empezó la Salvación.