Un peligro (3ª parte)

El hombre ha perdido el contacto con la realidad. Todo lo que quiere, puede conseguirlo sin esfuerzo, de forma inmediata. El mundo siempre ha ofrecido una resistencia que ha hecho que  tuviese que sufrir, sentir la oposición de su naturaleza caída. El hombre ha sabido ganar en humildad. Estamos subiendo en nuestros medios, alejándonos de la tierra, perdiendo toda relación con lo que de verdad es. Estamos pervirtiendo su fin. La resistencia que ofrece la realidad impide que se puedan hacer ciertas cosas, y eso es bueno, porque no son un camino de santificación. Lo queremos todo, pero no sabemos el camino que detrás se oculta para poder conseguirlo. Quizás no sea un camino correcto y el fruto esté en verdad podrido. Al trabajar nos daremos cuenta de qué debemos de hacer y de qué debemos dejar de hacer. Es un camino de santificación.

Del trabajo, el hombre siempre ha recogido el fruto de la sabiduría. No es un saber de libro, que en nada se queda si no proviene de la vida. Es una sabiduría que nace de haber vivido y sufrido en la propia carne, de haberse preguntado el por qué. El trabajo nos proporciona un contacto directo con el mundo del cual surgen nuestras dudas. El hombre de hoy ya no sabe preguntar, porque pierde el contacto con la experiencia directa con la vida. Todo le viene indirectamente, por medio de terceros, a cualquier nivel, sea por la televisión, el servicio de comida a casa o la compra por internet. El hombre sencillo y trabajador sabe mucho más de Dios, porque conoce su forma de actuar y sabe que, de tan grande Señor, sólo vienen bienes. La sabiduría no nace de una cabeza llena de ideas, sino de un corazón puro. Un corazón que ha trabajado para los demás y no solamente para enriquecerse. En unas misiones, hace un año, pude vivir lo que es la gratitud. Los campesinos, que no poseían más que la ropa que llevaban y las cuatro tablas que constituían su casa, porque la falta de lluvia había hecho morir a todos sus animales, alababan al Señor, dándole gracias por todo lo que les había regalado.

Cuando Adán y Eva son expulsados del Edén a causa de su desobediencia, el Señor dice a Adán: “Con el sudor de tu frente comerás el pan” (Gén. 3, 19). Aunque a causa del pecado se ha dañado la relación del hombre con la creación, el trabajo ha sido redimido por Cristo, que trabajó con sus manos. Y ahora el trabajo, aunque con esfuerzo, tiene un valor redentor y de colaboración a la obra de Dios. El trabajo es parte de la curación por la que tenemos que pasar para llegar al cielo.

Muchas veces pienso en cómo vivía Jesús. ¿Por qué vino al mundo en esa época? Vivió de una cierta manera y también fue carpintero y trabajó. Os animo a utilizar vuestras manos y vuestra mente. No “llevar a arreglar” todo, sino intentar arreglarlo uno mismo. No escabullirse cuando haya que hacer algo, sino ser el primero en asumirlo.

No significa que ahora debamos trabajar siempre y a toda costa, porque tampoco hay que llevarlo al otro extremo. Pero deberíamos recobrar más el trabajo para conseguir un equilibrio.