Un peligro (1ª parte)

La edad moderna conlleva, como bien sabemos y experimentamos, muchos peligros para nuestro cuerpo y, sobre todo, para nuestro espíritu. De todos los que nos podemos imaginar, hay uno que destaca entre los demás,  uno que quizás no creeríamos que es un peligro y que se esconde con astucia en nuestra comodidad: la falta de trabajo.
Habéis leído bien: la falta de trabajo. Se puede pensar que es justamente eso lo bueno de vivir hoy en día. Podemos dedicarnos a tantas cosas gracias a las máquinas y a la industria que nos proporciona todo lo que podamos desear, mientras nos dedicamos, en el mejor caso, a no hacer nada. ¿Por qué, entonces, es “malo”?

Como he dicho antes, la industria ha conseguido especializar todo y todo es producido en masa. Y ni siquiera hace falta que muchos hombres trabajen, y por eso nos dedicamos a trabajos banales y, a veces, pecaminosos. El hombre tiene que trabajar para vivir y poder vivir también consigo mismo. El hombre siente incomodidad al no trabajar y no tener propósito. Necesita emplear su tiempo en algo que le dé sentido a su vida, dedicarse a algo y, cuando no lo hace, intenta suplir esa necesidad con pasatiempos, muchos o pocos, pero que nunca podrán llenar ese agujero.

Queremos tener cada vez más tiempo de ocio, que empleamos mal, para podernos dedicar a futilidades, pero, al mismo tiempo, esperamos que se nos dé una recompensa por el poco trabajo que hacemos. ¿Acaso trabajamos tanto como recibimos? No valoramos lo que se nos da, porque no sabemos cuánto es su valor verdadero (no sólo su precio). El trabajo nos hace sufrir por lo que queremos y apreciarlo mucho más, y nos hace ver lo que de verdad merecemos. Con razón decía San Pablo “El que no trabaje, que no coma” (2 Tes. 3, 10). No era una persona mala, sino sabia. El que no quiera trabajar, que no reciba el fruto que viene del trabajo, porque no le corresponde a él, sino a otro.

En la naturaleza del ser humano está el servicio, la entrega. Nos gusta más dar que recibir. Ahora, podéis pensar que esto es una tontería. Que a nosotros nos gusta mucho más que se nos dé sin tener que hacer nada. Pero uno no siente depresión cuando ama, sino cuando no ama. Y eso a pesar de que el mundo a uno lo quiera mucho. Nos gusta mucho más que a alguien le guste un regalo nuestro a que él nos dé uno. Nos gusta más dar que recibir.  Esa es la alegría de la entrega.