Tres clases de hombres (3ª parte): Los victoriosos

Finalmente están los victoriosos. Son personas impregnadas por Dios. Son verdaderamente razonables. No sólo siguen la voz de Dios de vez en cuando y se resisten cuando les viene mal, sino que están siempre abiertos a la voluntad del Padre. Por una parte, tenemos a los que buscan a Dios con toda su voluntad: son los iniciados en este camino de victoria. Ellos han reconocido que ese es el camino a seguir. Quieren consagrarse al Señor y, aunque a veces tropiecen, se levantan y siguen. De estos no hay muchos.

Hay pocas personas que han visto que su vida es de Dios y que a Dios se la tienen que devolver, en palabras de San Ignacio. Son moldeables por la sabiduría de sus superiores y se dejan llevar por el Espíritu. En este tiempo, es muy importante ser acompañado, tener el apoyo de alguien con experiencia en las cosas de Dios, un director espiritual. Es como volver a nacer. Como si se hubiera encendido la luz después de una eternidad en la oscuridad. Estando solo, no se puede ver bien, se está cegado. Aunque se tenga el firme propósito de hacer siempre el bien, no es fácil. Si seguimos este camino, llegaremos a ser como los que ya sirven a Dios con todo su ser. La vida de estos es plena, ya que contemplan a Dios en el esplendor en el que se le puede ver en este mundo. Los santos pertenecen a esta categoría; hombres y mujeres que han dejado de vivir para sí mismos y viven para Señor. Quieren ser para siempre suyos. Su entrega es total, su paciencia, heroica. Son inmutables ante el mundo. Otra frase que dijo el sacerdote que dio el retiro fue: “la muerte sólo es un paso más en el camino que siempre han seguido”. La vida es una preparación para una puerta por la que todos tendremos que pasar. Cuanto más nos desviemos del camino, más difícil va a ser pasar por ese ojo de aguja.

En el terremoto de Ecuador del 16 de abril del 2016, donde murieron sepultadas por los escombros varias candidatas y la hermana Clare, hubo un grupo de jóvenes claudicantes y otro de resistentes. Pero también los hubo victoriosos. Héroes de verdad, que incluso a riesgo de sus vidas, se arrastraron entre los escombros, cuando todavía seguían los temblores, sabiendo que los escombros podían caer y aplastarlos también a ellos. Simplemente, imaginémonos la situación y démonos cuenta de que no les importaba perder la vida con tal de encontrar a alguien. Su vida fue una preparación para esa situación y no les costó decir que sí.
 
Y, ahora, es nuestro turno de preguntarnos a qué clase de personas pertenecemos y a cuál queremos pertenecer. ¿Somos razonables o no? Porque, entre las tres clases de hombres que hay, sólo una puede darnos la vida.