Tres clases de hombres (2ª parte): Los resistentes

El segundo tipo de hombres es el de los resistentes. Aquí es donde nos movemos la mayoría. Son, como bien dice el nombre, los que van siempre un paso atrás. Siguen, pero no del todo. Tantas veces nos oponemos a aceptar a Dios en su totalidad y queremos sólo una parte de lo que creemos que es Dios. Pero Dios, o se toma o se deja. Y con cada resistencia, la distancia se hace mayor. Volviendo a la frase que se ha mencionado antes, todavía se los incluiría en las personas no razonables. Puede que de vez en cuando sigan las inspiraciones de Dios, pero, generalmente, se resisten. Hace poco me di cuenta de lo ridículo que debo parecer para un observador en esas situaciones tan frecuentes en mí, en las que no me puedo decidir, sea por la calle o en el destino de mi viaje, cambiando de opinión cada dos minutos sin saber qué hacer, porque no tengo presente el bien y sólo quiero mi comodidad, porque las cosas que nos frenan muchas veces, por no decir todas, son nuestros placeres. En la Biblia se denuncia este comportamiento de forma clara: “Ojalá fueras frío o caliente, mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 16). 

El hombre sólo tiene una tarea en su vida y que, además, es muy fácil: la de decir una vez que sí, y desde ahí ya todo va sobre ruedas, si se ha afirmado de todo corazón. María es el mejor y más alto ejemplo de esta actitud. Desde el momento en que dijo: “Hágase en mí”, nunca vaciló, porque su entrega fue completa. Uno debe correr por el camino de la santidad. A veces se tropieza, se cae, pero no pasa nada si uno se levanta otra vez. Debemos lanzarnos, lanzarnos de verdad, tener fe y no dudar ante lo que Jesús nos dice que es la senda de salvación. Si Dios quiere que seamos santos y no lo somos, estaremos haciendo un gran esfuerzo en contra de su voluntad.

Existe un ejemplo famoso de una persona resistente: Poncio Pilato. Durante toda la pasión se puede observar cómo Pilato se ve arrastrado de un lado a otro. Sabe lo que tiene que hacer y que Jesús es el que dice ser, pero los judíos lo culpan de traición al César y teme la sublevación. Se resiste a hacer el bien. No es capaz de decir que sí, duda. Quiere encontrar un punto medio entre las dos fuerzas, pero no es posible. Hoy en día este es el dilema de las personas resistentes. No queremos comprometernos. Creemos que podemos quedarnos mirando cómo el mundo gira, mientras estamos sentados y vivimos una vida cómoda. Pero, como le pasó a Pilato, acabamos por matar a Cristo por nuestra falta de decisión. Pilato reconoce a Jesús: “Lo escrito, escrito está”, refiriéndose a la inscripción. Más no dio el paso a creer. Y, si no se tiene la valentía de ir contracorriente, cada vez nos alejamos más de la luz, que es Cristo, y corremos el riesgo de caer para siempre en las tinieblas.

Muchos jóvenes creen poder adoptar esta postura. Son católicos, aparentemente, pero viven con el mundo. Han recibido un don grandísimo, su fe, pero no quieren vivirla. Prefieren ser ambiguos y hacer las paces con todos, o eso es lo que creen hacer. Pero Jesús dice: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12, 30). Un católico vive en este mundo para pescar almas para Dios y no para dejarse arrastrar en la caída que provoca vivir en la mundanidad.

Otro ejemplo de una resistencia famosa es la de Pedro caminando sobre el agua. En el momento en el que duda, se hunde. Pero grita: “¡Sálvame, Señor!”. Y esto debe ser lo que nosotros también digamos en el momento en el que nos empezamos a hundir porque no creemos. No sigamos rechazando la mano que nos tiende el Señor. Creemos que no nos estamos ahogando y claudicamos. Dejémonos ayudar y cambiemos.