Sobre las conversaciones (2ª parte)

Antes de retomar, recordemos dónde nos quedamos la semana pasada: se quedó en el aire la pregunta acerca de la influencia que a la larga ejercen las personas en nosotros a través de su discurso.

Las palabras van asociadas a pensamientos y actitudes de las cuales nuestro corazón se va impregnando. Nuestra conciencia nos puede proteger hasta cierto punto, pero si desoímos constantemente sus advertencias ante el avance del mal y la indiferencia, poco a poco nuestro corazón se endurece. También lo hará si reprimimos la verdad y bondad que tiene dentro. Las conversaciones que tenemos con los demás tienen una gran influencia en esto. Cada conversación tiene el potencial de dejar una impronta en nuestro interlocutor. ¿Con qué pensamientos dejamos a la gente después de hablar con ella? Y no olvidemos tampoco las importantísimas conversaciones en nuestro fuero interno, que muchas veces surgen de una comunicación con otro. ¿En qué temas las ocupamos?

Pongamos la situación de una reunión amena con amigos o la sobremesa después de una comida animada. Al comienzo, se ha roto el hielo con algún tema común, se coge confianza con las personas que conozcamos menos, se hace alguna broma inocente y se habla de lo buena que ha estado la comida. Lo típico. Se charla relajadamente, alguien hace memoria de esa anécdota vivida conjuntamente, contada ya tantas veces y que todos conocen de cabo a rabo. Hasta ahí un cuadro del que hemos formado parte un sinfín de veces. Superficial, inocuo, es decir, carente de maldad, pero donde tampoco se aprecia la bondad claramente.

El cristiano debería tener inquietudes que fueran más allá de temas cotidianos puramente materiales. Si tenemos la mirada fijada en Dios, hay cosas que quedarán completamente desenfocadas. En cambio quedarán a la vista las batallas que se libran hoy en día en nuestra sociedad y en nuestro interior, y de cuyo resultado puede depender salvación o perdición de muchos. Queremos compartir lo que nos ronda por la mente, saber lo que los demás opinan al respecto y fortalecer nuestra fe. Entre personas conocidas y de igual rango, una conversación en la que se hable de ideas, de temas que nos enriquezcan y transciendan en nuestras vidas, será capaz de dejar una impronta. Nos servirá también para establecer un vínculo intelectual. Rara vez se ha oído hablar de dos que se hicieron amigos hablando del tiempo, pero sí de íntimos amigos que siempre discutían. Donde hay un sano debate, hay búsqueda de verdad. Y el único sitio donde puede acabar una sincera búsqueda de la verdad que calme todas nuestras ansias es en Dios.

La cuestión está en cómo conseguir convertir una charla así, sin mucha sustancia, en un verdadero diálogo. ¿Cómo hacer de una sobremesa algo enriquecedor, conseguir que la gente se anime a seguir un razonamiento y lo refute o desarrolle? 

¡Después de tantas preguntas retóricas, esta es de clara índole práctica! Nuestro mayor impedimento, a menudo, será el miedo a parecer raros o a la reacción de rechazo que podamos provocar, sobre todo diciendo nuestra opinión sin tapujos. Pero estaríamos sorprendidos de que mucha gente también disfruta y aprende de una conversación de otro calado. Una manera, seguramente, sea proceder con sutileza, por ejemplo, dejando entrever con detalles en nuestro comportamiento que nos mueve una motivación distinta a la de muchos o mostrando un enfoque opuesto al prevaleciente en los temas de debate de actualidad. Pues estos son siempre expresiones de la lucha encubierta que libran el bien y el mal, verdad y mentira en este mundo. Con nuestra posición podemos desenmascararlos como tal y alertar a la gente para que no caiga en las trampas de Satanás.

La reacción que alguien muestre ante una conversación de este carácter puede ser síntoma de una actitud interior. No olvidemos que “de la abundancia del corazón habla la boca”. La persona que obstinadamente se cierre a estos temas, posiblemente, le incomoden o parezcan cansados, superfluos o un impedimento para vivir una vida despreocupada. En cambio, el que a menudo mueva estas cuestiones en el corazón, encontrará gusto en buscar la belleza cautivadora de la verdad y defenderla con sabiduría y sin complejos. 

No nos fijemos en cosas pequeñas, en lo que hacen los demás o en los defectos de nuestro vecino y, sobre todo, no nos regodeemos en ello, teniéndolo como tema de nuestra conversación. Nuestro corazón se sentirá vacío si solo lo llenamos con banalidades, chismorreos y demás cosas mundanas. Llenémoslo con al amor de Cristo. Procuremos que nuestra influencia en los que nos rodean tenga algo de evangelizadora: se irán un poco más llenos de Dios cuando hablemos con ellos y nosotros tendremos la oportunidad de encontrar a gente que nos ayude a nosotros.