Sobre las conversaciones (1ª parte)

En nuestro último artículo hablamos de la importancia de buscar el silencio y su valor en nuestra vida espiritual, para examinarnos y poder oír a Dios. Tanto más valioso resulta, si se tiene en cuenta cuántas veces nuestra vida consiste en una interacción con las personas de nuestro alrededor en el trabajo, estudios, en familia o con amigos. No es, pues, una contradicción escribir, después de haberlo hecho del silencio, de cómo aprovechar también las conversaciones cuando no estemos a solas. Al fin de cuentas, vivimos en sociedad, acompañados por otras personas para ayudar y ser ayudados en el camino hacia la salvación.

El hilo rojo de hoy será cómo poner también el don de la palabra al servicio de este fin último. Hay una frase en los Evangelios que servirá de eje. Jesús la dice mientras explica, resumiendo mucho, que de lo malo que hay en el hombre no puede surgir nada bueno. Antes bien, para que demos frutos buenos, tenemos que estar llenos de Él:

“De la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6, 45).

Esta frase apunta a dos aspectos de nuestra actitud. El primero y más inmediato es lo que decimos. Junto con nuestros actos, las palabras exteriorizan nuestros pensamientos y crean así un estímulo en nosotros y en los demás. Ampliando el sentido un paso más, damos con el segundo aspecto, que nos llama a ser cautos con las palabras a las que exponemos nuestro oído por boca de otros, que también hablan según lo que abunde en su corazón. Aunque intentemos evitarlo, el corazón, que es el que determina la naturaleza de nuestros pensamientos, no es inmune a esas influencias.
 
Con la tecnología a la que tenemos acceso es muy fácil dar a conocer nuestra opinión, con frecuencia poco reflexionada, a un amplio público, a través de redes, chats o similares. Corremos el peligro de que las ideas no pasen de un estado “embrionario”, si las hemos concebido apenas momentos antes y no han madurado antes de decirlas. Metidos en esta dinámica de lo instantáneo es difícil desechar las ideas que nos alejan de Dios y de nuestro prójimo y, por el contrario, meditar las que sí nos lleven por su camino. Un paso atrás del ajetreo cotidiano pondrá nuestro corazón en la disposición necesaria para ordenar los pensamientos y cumplir la exigencia de medir nuestras palabras, para que no falten a la caridad o no tengan un efecto indeseado.

Seguro que de esto último tendremos alguna experiencia cuando metemos la pata y decimos una tontería o nos acaloramos discutiendo, y se nos “escapa” un comentario hiriente. Nos arrepentimos y pedimos perdón (en el mejor de los casos) o ponemos la excusa de que no habíamos pensado lo que habíamos dicho. Pero con una mirada en nuestro interior nos damos cuenta  de lo que realmente ha pasado: el pensamiento sí que lo habíamos desarrollado con anterioridad y seguramente alimentado en nuestro corazón con deseos de agravio, venganza o envidia y, en ese momento de descuido, no hemos podido evitar que aflorara y se expresara. Lo que no habíamos querido considerar eran las consecuencias que tendrían nuestras palabras. No se puede decir algo que no se ha pensado anteriormente y, si nos damos cuenta de algún pensamiento así, deberíamos rechazarlo de inmediato.

Este ejercicio de alejarnos del bullicio para reflexionar y examinarnos es una manera más moderna de decir “escuchar nuestra conciencia”. Ella siempre nos aconseja sobre el bien y el mal. Pero si estamos todo el día charlando, no se oirá su voz. La dejamos afónica de tanto hacer oídos sordos a sus gritos, a menudo porque sabemos que nos quiere “aguar la fiesta”. Estando tan volcados hacia el exterior, nuestro entorno tendrá una influencia importante en nosotros y, poco a poco, nos acostumbramos a un comportamiento errado, mientras la conciencia se atrofia. Todo esto es casi un tema aparte. Bastará con decir que hay que protegerla de las malas influencias, vigorizarla mediante su uso en el discernimiento de bien y mal, educarla con los mandamientos y la doctrina de la Iglesia.

¿A qué influencias nos exponemos en nuestro día a día? Y sobre todo: ¿qué tipo de estímulo le damos nosotros a la gente a nuestro alrededor? ¿Les somos una ayuda o un impedimento para llegar a Dios? Aquí es donde pasamos a hablar de la segunda parte de la frase introductoria. Pero, para no alargarlo demasiado, abordaremos estas preguntas la semana que viene en una segunda parte.