Tres clases de hombres (1ª parte): Los claudicantes

Hace poco pude estar en un retiro en silencio (cosa que os recomiendo vivamente  a todos) y, en una de las charlas que nos dieron, el sacerdote habló de las tres clases de personas que hay. Me hizo pensar sobre quién soy yo y adónde camino, y por eso quiero escribir sobre ello.

La mayoría de las veces, cuando me miro a mí mismo, aun sabiendo lo malo que soy, no me considero tan malo como otros, y no se me ocurre pensar que mis acciones podrían llevarme a la perdición.

Antes de empezar con las tres clases de hombres, quiero mencionar una frase de Pascal que dijo el sacerdote. La repito lo mejor que puedo: “Existen dos clases de hombres razonables: los que buscan a Dios con todas sus fuerzas y todavía no lo han encontrado, y los que le sirven con todo su corazón porque ya lo han encontrado. El resto de hombres no es razonable”. A mí, estas palabras me llevaron a mirarme desde otro ángulo.  ¿Acaso busco yo con todas mis fuerzas a Dios?

Teniendo esto en cuenta, hablaré de las tres clases de hombres antes mencionadas: los claudicantes, los resistentes y los victoriosos.

La primera clase de hombres son los claudicantes. Son personas que han cedido ante la presión del mal y no viven su fe. Pero son mucho más que eso. Son como soldados en una batalla que no siguen las órdenes del capitán, y son hechos prisioneros. No pertenecen ya a quien les envió al combate, sino al que los ha vencido. Han sido conquistados por el mal y están sellados con su marca. Han sido hechos sus esclavos y, como cualquier esclavo, están bajo el dominio de su amo. Es difícil expresarlo de otra manera, y no me gustaría mitigar con mis palabras la tragedia que esto supone. No es que hayan caído, sino que se han hundido por propia voluntad, desobedeciendo deliberadamente, ya que Dios no permite que seamos tentados sobre nuestras fuerzas.

Muchas veces también nosotros somos de esa clase de personas. Obramos el mal que nos manda el tirano y no somos capaces de amar. Dios nunca se aparta de nosotros, a pesar de que nosotros nos apartemos de Él, y seguimos claudicando bajo el yugo de nuestro orgullo. Para cada una de estas personas que no han conseguido librarse de esa esclavitud, y que nos dan la impresión de no poder hacer nada más que el mal, todavía hay esperanza. Las personas que mueren claudicantes, mueren sin haber luchado, sin haber cumplido la misión que el Señor les había dado, porque eligieron apartarse de Él para siempre.