Sobre el silencio

Hoy en día vivimos en un mundo ajetreado, rápido, turbulento… y lleno de ruido.  Este ruido no solo nos afecta físicamente, sino sobre todo a nivel espiritual. Contrariamente a lo que se puede pensar, el cuerpo influye sobre el espíritu, y el ruido también se oye en el alma.

El silencio se divide, por eso, en dos clases: el silencio exterior y el interior. Muchos pueden decir que no necesitan el silencio exterior, que poseen un silencio interior al que pueden acceder con facilidad y que su oído esta siempre abierto al Señor. Pero es difícil correr una maratón cuando uno nunca se ha levantado de la silla en la que lleva sentado toda la vida. Tratamos de convencernos de que sabemos las cosas mejor que todas las generaciones anteriores, pero pronto nos damos cuenta de que a los sabios se les llama con razón así. Y que el mismo Jesús se iba al desierto para orar, lejos de la multitud.

Por eso es importante descubrir el silencio. Para alguien que nunca lo haya experimentado puede ser una experiencia fuerte y, al principio, hasta desagradable. Como volver y encontrar una casa desordenada y sucia, solo que la ausencia ya ha sido demasiado larga. Y la casa se está desmoronando.

Para una vida espiritual sana y fecunda hace falta retirarse, guardar silencio exterior para poder interiorizarlo. Al empezar resulta molesto. El silencio exterior se vuelve un grito, aprieta contra nuestros oídos, como parar después de haber conducido mucho tiempo por la autopista. Como el aturdimiento después de un fuerte golpe.

En esta situación, el Maligno ataca siempre de la misma manera: hace que nos sintamos incómodos. Nos preguntamos por qué estamos aquí. Pensamos que este no es nuestro lugar, que deberíamos estar en otro sitio, que esto no es lo nuestro. Sentimos melancolía. Sentimos enajenamiento. Nos sentimos lejos de la situación en la que estamos. Si sientes este ataque, es  que vas por buen camino, y si se lo vences orando, irás adquiriendo la capacidad de silencio.

Lo que después se percibe es que uno mismo está gritando.  Entre todo el alboroto no oímos el agonizar de nuestra propia alma y esto es lo que más asusta. Cuando ya no se tiene otra cosa en que fijarse, los ojos se vuelven a uno mismo. Pensamos en nuestra vida y pronto ya no nos parecerá que tenga tanto sentido como parecía tener. Empiezan a surgir preguntas de las que sabemos las respuestas, pero no queremos aceptarlas. Esto es una gran parte del silencio interior: aceptar las respuestas que Dios da a nuestras preguntas. Aquí es cuando se huye muchas veces. No se quiere vivir esa purificación. No queremos que se nos extirpe el cáncer, que ya se ha vuelto parte de nuestro espíritu.

No siempre se enfrenta esta situación de forma desagradable. Podemos sentir una consolación del Señor que nos ayuda mucho a avanzar. Vemos nuestro pecado con mucha más claridad, contrastada con la grandeza y la santidad de Dios. Debemos hacer uso de este conocimiento, de esta apertura de ojos que se nos concede para mirar a lo más hondo de nosotros mismos y sobre todo, hacer lo que se nos pide.

La gran diferencia entre el silencio y el resto de situaciones es que nos fijamos en nosotros mismos. Si no podemos estar solos con nosotros, no podemos vivir. No se puede estar unido a algo que nos repugna, vivir en una casa desordenada. Porque tarde o temprano  no lo aguantaremos más. Un sacerdote una vez  me dijo que medía a los hombres por su capacidad de estar en silencio. Porque esa es una persona pura, que puede mirarse a sí mismo sin huir. En el silencio oímos hablar a Dios en nuestra conciencia. Si no podemos soportar sus palabras de amor y corrección, no estamos llevando una vida santa.

Ligado a ello va lo que sale de nosotros: no hablar. Puede parecer un absurdo decir esto, pero es de importancia crucial. ”Lo que entra por la boca del hombre no es lo que lo hace impuro. Al contrario, lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su boca” (Mt. 15, 11). No nos damos cuenta del poder que tiene la palabra. Por nuestra boca puede salir el cielo o el infierno, y si no nos paramos a pensar lo que decimos, pronto la concupiscencia nos ganará. Al entrar en silencio, seguimos hablando en nuestra mente, pero estas palabras ya no pueden salir de nosotros y se quedan rebotando en las paredes de nuestra mente. Tarde o temprano las volveremos a retomar y a contemplar, y he aquí que nos daremos cuenta que muchas cosas nunca las deberíamos haber dicho. El alma ve los pensamientos con mucha más agudeza y claridad. Una vez, en Semana Santa, pude estar en unas misiones en el campo con un grupo de amigos. La noche antes del Viernes Santo estuvimos hablando de lo que podíamos hacer el viernes. Yo les propuse mantener silencio. A ellos no les gustó la idea. Al día siguiente nadie habló. Fue un día solemne que bastó para hacer profundos cambios.

Otra gran diferencia y ventaja del silencio es que apela a nuestra razón. Hasta la oración con música es un impedimento para poder entrar completamente en nosotros mismos. En vez de “sentir” tanto podemos saber más, podemos contemplar nuestro espíritu cara a cara y no a través de un cristal opaco. Podemos usar las facultades que Dios nos ha dado para que Él nos diga en nuestro entendimiento lo que debemos hacer.

Al seguir por el camino, purificándose, el alma cobra más sensibilidad. La oración se facilita enormemente y se puede mantener un espíritu cada vez más vigilante. El silencio da al Espíritu Santo la posibilidad de pronunciar en nosotros “palabras de vida eterna”.

No se arregla un coche mientras tiene el motor encendido. Hay que retirarse de vez en cuando para dejar que el Señor nos ponga en nuestro sitio.

Orar es elevar el alma a Dios. Orar es hablar, dialogar. Los grandes santos, y hasta nuestro Señor, buscaban el silencio. Jesús “estuvo callado” treinta años, se preparó para su misión porque una buena obra surge de un gran trabajo de meditación y silencio. El ruido del mundo es el campo de batalla contra el mal fuera de nosotros. El silencio es el combate en nosotros.

“Guarda silencio y reconoce que yo soy Dios” (Salmo 46, 11).