Y tú, ¿qué quieres ser de mayor? Yo quiero ser… ¡feliz!

¿Has oído alguna vez esta pregunta? Seguro que montones de veces. Y es que resulta que en esta sociedad individualista en la que vivimos actualmente prima el egoísmo, el propio bienestar, cumplir nuestros proyectos y propósitos… Ahora que es cuando más herramientas y oportunidades tenemos para mirar más allá de nosotros es cuando más nos miramos a nosotros mismos.

Pienso en la vida que llevaban mis abuelos que trabajaban mucho y se movían muy poco de mi pueblo. Y el trabajo no era sino para mantener la familia y ayudar a otros con menos posibilidades. En cambio, hoy, se viaja mucho y además ¿se trabaja para vivir o se vive para trabajar? Hipotecamos nuestra vida con el trabajo y acumulamos dinero que no tenemos a veces tiempo ni para gastar… ¿Es esto lo que me da la felicidad? Hace poco en una homilía que predicó el P. Rafael Alonso, fundador del Hogar de la Madre, habló precisamente de esto, puesto que explicó cómo se debe hacer el discernimiento vocacional. 

¡CUIDADO! No te asustes todavía y sigue leyendo.

Vocación no es solo «Tengo que ser cura o monja». Vocación es llamada, es el proyecto que Dios tiene sobre ti. Hay una vocación general, para todos, a la santidad y una vocación personal para cada uno, como dicen nuestros hermanos en Catholic Stuff: «Un plan para ti para hacerte feliz». Sí, eso, ¡¡para hacerte feliz!!

¿Puedo ser feliz de otra manera? Sí, pero con muchas más dificultades. Imagina que quieres ir a un sitio, en seguida lo buscas en Google Maps, pero resulta que el camino que te marca no te gusta y decides no seguirlo exactamente, entonces, en cuanto tomas alguna dirección que no es la que estaba prevista en sus indicaciones, aparece el mensaje: «Redireccionando». Evidentemente podrás llegar al mismo sitio por ese nuevo camino, pero tardarás más tiempo, gastarás más gasolina y tendrás más posibilidades de perderte y quién sabe, quizá nunca llegues... Así ocurre en la vida espiritual, la meta es clara: el Cielo, y hay mil caminos por los que llegar, pero solo uno es el mejor para ti. ¿Acaso no buscamos siempre en la vida el camino más corto, más eficaz? Pues se trata entonces de conocer cuál es mi vocación para rápidamente ponerme en camino.

Ahora, ¿cómo puedo saber cuál es mi vocación? En la homilía el Padre nos enseñó que:

Si le dices sí al Señor, habrás acertado completamente con tu camino hacia el fin definitivo que es estar con Cristo. ¡Señor, que no te diga yo nunca: no!.

 Y explicaba además que, S. Ignacio de Loyola marca que hay 3 tipos de discernimiento vocacional, tres situaciones posibles:

  1. El alma sin dudar y sin poder dudar sabe que Dios le ha llamado y además le ilumina el Señor para saber que le ha llamado a esto concretamente.
  2. Por consolaciones y desolaciones. Fue lo que él mismo -S. Ignacio- experimentó estando en Loyola después de que lo trasladaran con la pierna rota de un balazo que le dieron en Pamplona estando en el asedio de los franceses contra el emperador Carlos V. Allí era capitán de las tropas de Carlos V y le pegaron con una bala de cañón y le rompieron la pierna, se la quebraron. Lo llevaron allí y leyó la Vita Christi de Landulfo de Sajonia y también un Flos Sanctorum, vida de santos. Y empezó a trabajarle el Señor interiormente, a iluminarle. Y luego se preguntaba: «Cuando yo me restaure y ya pueda andar, ¿qué voy a hacer? Yo he sido herido gravemente defendiendo Pamplona de las tropas francesas, iré al emperador y le diré que creo que me merezco un premio por esta hazaña. Y me dará un beneficio: tierras, castillo, algo. Tengo ya más de 30 años, entonces, tendré que casarme y si me caso, ¿con quién me podré casar?». Y se le dibujó una doncella de la Corte de Arévalo sirviendo a un importante conde, y él se quedó asombrado de que al principio cuando pensaba en esto estaba su corazón muy contento, porque iba a tener dinero, una buena mujer, hijos, familia… pero cuando pasaba el pensamiento… «me quedaba desabrido, ¿y esto es todo lo que voy a hacer en la vida?». Mientras que cuando pensaba en entregarse a Dios era todo lo contrario, le repugnaba inicialmente eso de hacerse pobre con Cristo pobre, casto con Cristo casto, y obediente con Cristo obediente. Al principio, se decía «que no, que no, que no quiero» y le producía rechazo, pero después, poco a poco, pensándolo bien y pensando en el fin último, cuando se presentase a juicio delante de Dios, entonces le venían unas consolaciones muy grandes de ver que iría cargado de frutos, de buenas obras, las manos llenas. Y se llenaba de alegría y de esa manera él determinó entregarse a Dios. Y efectivamente, si vais a Loyola, en la capilla de la conversión hay una viga que pone: «Aquí se entregó a Dios Iñigo de Loyola»
  3. El alma no ha tenido esa certeza del primer punto ni tiene tampoco las consolaciones del segundo, grandes movimientos de consolaciones y desolaciones y entonces se pregunta con la razón: « ¿cuál es mi destino? ¿para qué me ha creado Dios?» Para salvarme. Yo me voy a salvar si hago su voluntad, ¿cuál es esa voluntad? No lo sé, pero sí sé que Él dijo que «si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dalo a los pobres y después ven y sígueme». ¿Qué pide la vida de consagración? Castidad, ¿tengo yo especial dificultad en vivir la castidad? Parece que sí puedo vivirlo, con ayuda de la Gracia, pero sí. ¿La pobreza? Nunca he tenido nada y además no he apetecido nunca nada de manera especial y la riqueza no es algo que me apasione porque además yo he comprendido lo que dice el Señor: «No atesoréis tesoros que pueden arruinar, procuraos un tesoro que nadie pueda destruir». Lo entiendo, lo veo clarísimamente y no tengo un afán de riquezas, afán de viajar, ir a restaurantes y despilfarrar en comida. ¿Y la obediencia? Pues la verdad es que he obedecido siempre, no veo mucha dificultad. Entonces, si yo me tengo que salvar esto es lo que aconseja el Señor y yo lo puedo hacer, lo voy a hacer. Entonces le pido luz al Señor, fuerza y me entrego en este camino que veo que el Señor, por las circunstancias, me ha ido guiando y me ha ido poniendo.

 Y volviendo a la pregunta del principio, no se trata de pensar, ¿qué voy a ser de mayor? Si no, ¿le he preguntado al Señor qué quiere de mí? Pues ahora ya sé que solo así seré lo que yo quiero ser, porque seré feliz. Así que ya sabes, cuando te pregunten: Y tú, ¿qué quieres ser de mayor? Puedes con sinceridad responder: no me planteo qué es lo que yo quiero sino qué es lo que Dios quiere de mí pues seré lo que Dios quiera, solo así seré feliz, que es realmente lo que yo quiero. ESP


Beatriz y hna. María Fra

Soy la Hna. María Fra y, por gracia de Dios, Sierva del Hogar de la Madre desde el años 2016. Me esfuerzo además por ser «misionera de la Verdad». Soy la mayor de 4 estupendos hermanos, entre ellos, el que me sigue, ¡sacerdote! He crecido en una familia católica de las que van a misa los domingos y bendicen la mesa todos los días pero… un poco acomodada en el «buenismo», intentando a veces compaginar caminos opuestos y, sobre todo, sin luchar verdaderamente por la santidad. Ya sabes, sin descanso, dejándose uno la piel. Un buen día me encontré con la Verdad, ¡que tiene un nombre, es una persona: Cristo!, y la vida de la gracia. Un modo distinto de vivir y ver las cosas que dio un giro completo a mi realidad. Desde entonces soy feliz y eso es lo que quiero compartir contigo si estás dispuesto al reto. La felicidad tiene un precio: la lucha por mantenerse en la Verdad.