Sí, también en las partículas

El otro día fui a Misa con una amiga. Como siempre, en la fila de la comunión, nos quedamos las últimas para poder comulgar en la boca. Mi amiga iba delante, se puso de rodillas y abrió la boca, pero también puso las manos justo debajo, para evitar que las partículas de la forma cayeran al suelo. Inmediatamente, el sacerdote entendió que quería comulgar en la mano y fue a poner a Jesús allí. Ella le indicó que prefería que fuera en la boca y el sacerdote se quedó extrañado de que hubiera puesto las manos. Le pidió que la próxima vez no las pusiera, para evitar la confusión, y su sorpresa fue mayor cuando mi amiga le explicó que lo hacía por las partículas.

Esto ha hecho que me replantee una pregunta que llevaba mucho tiempo dando vueltas en mi cabeza. Y es que, últimamente, me impresiona ver cómo los sacerdotes -y no digo que sea una mala práctica- se esfuerzan en lavarse las manos correctamente antes y después de la Eucaristía y se aplican debidamente el hidrogel. O cómo, mientras que el sacerdote comulga, todos los fieles sacan de sus bolsillos un frasquito de hidrogel para aplicárselo en las manos. Pero son pocos los que están atentos a conseguir una bandeja y procurar que el Señor sea recibido como debe ser, con sumo respeto, cuidado y cariño. 

Si hace un tiempo alguien insistía en poner bandejas para la comunión, podía ser tachado de radical o de ‘hiperexigente’. Sin embargo, ahora nadie puede perdonar que al lado del cáliz y de la patena no haya un bote de hidrogel y, si no lo hay, rápidamente alguien se acercará al sacerdote para que lo haya.

Insisto, no pretendo quitar importancia a la higiene de manos o al cuidado y protección, tanto de los sacerdotes como de los fieles. Soy enfermera y sé que es muy útil y necesario. Debemos ser prudentes y cuidarnos unos a otros; es un acto de caridad. Pero solo digo que, si entre nosotros tenemos caridad, debe ser porque primero la tenemos con nuestro Dios. Si a Él no le recibimos con respeto y cuidado, ¿cómo trataremos al prójimo?

¿Cómo es posible que pongamos más atención en evitar contagiarnos del coronavirus que de que el Señor se caiga al suelo y sea pisado o maltratado? ¿Será que aún nos falta fe para comprender que Jesús está verdaderamente presente en el sacramento de la Eucaristía?

Jesucristo está en la sagrada Hostia que comulgamos. El pan ya no es pan, sino que es el mismo Jesús, el que caminaba por Jerusalén, el que murió en una cruz, el que dio su vida por ti. Y tal y como la ciencia nos enseña, el Todo está en todo y en cada una de sus partes. Es decir, Jesús está presente en la forma que comulgas, pero también en cada una de las partículas que se quedan en tu mano o que incluso se caen al suelo si no se tiene cuidado.

Así lo ha defendido la Iglesia en numerosas ocasiones. En el punto 1374 del Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer: «“En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están "contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento: DS 1651). “Esta presencia se denomina ‘real’ no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen ‘reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente”».

Y, más adelante, en el punto 1377, dirá: «La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf. Concilio de Trento: DS 1641)».

Son también muchos los milagros eucarísticos que así lo han demostrado. 

Por lo tanto, pidamos al Señor que nos conceda valorar la entrega generosa y humilde que el Él hace por nosotros en la Eucaristía, pidamos a la Virgen que nos ayude a acogerlo y a recibirlo con pureza, humildad y agradecimiento. Que ellos nos concedan fe para creer lo que recibimos y nos ayuden a comprender lo que es la Eucaristía, que nos enamoremos de Jesús presente en la Hostia y sepamos defenderlo con nuestra vida, aprendiendo a jugárnoslo todo por Él, que ha dado su vida por nosotros y ha querido quedarse de esta manera todos los días hasta el fin del mundo (Cfr. Mt 28,16-20). 


Beatriz y hna. María Fra

Me llamo Beatriz. Soy enfermera y pertenezco al Hogar de la Madre de la Juventud. Hace unos años, participé en un viaje misionero a Ecuador en el que me di cuenta de la importancia de la presencia real de Cristo en mi vida. Yo había sido siempre católica, pero estaba más centrada en mí misma que en Dios. Caí en la cuenta de que una vida que no se entrega, se pudre y de que viviendo para mí y en mi superficialidad, perdía lo que Dios me había dado hasta ahora. Ver que el Señor me había estado acompañando siempre, que me amaba y que sufría por mi falta de fidelidad, cambió radicalmente mi vida. Me empujó a querer ir al Cielo dejando la superficialidad, luchando cada día por ser santa y llevando a los demás el tesoro tan grande que un día encontré. Por ello, intento compartir la alegría de la fe con todos, especialmente con los jóvenes, y un medio para ello es a través de este blog. ¡Rezad por mí!