Por fin ha llegado... ¡el verano!

Ha comenzado el verano, ¡qué alegría! Por fin hay más tiempo para descansar y disfrutar. Después de un curso lleno de actividades, exámenes y agobios llega el momento más deseado para muchos jóvenes: el verano.

Es curioso que muchas veces durante el curso dejamos de hacer numerosas actividades que se nos plantean; casi siempre cosas que nos hacen salir de nuestra rutina y darnos a los demás, y lo aplazamos porque “no tenemos tiempo”. La mayoría de las veces es una decisión prudente puesto que a los estudiantes el Señor nos pide precisamente eso, santificarnos en el estudio. Pero en ocasiones ese “no tengo tiempo” puede convertirse en una justificación que encierra además mucho egoísmo.

Estoy segura que, ahora que ha comenzado el verano, estás pensando en un montón de planes que puedes hacer con tu grupo de amigos, quizá incluso con tu parroquia o tu movimiento. Y a veces el criterio es simplemente hacer algo con la gente que quiero, cosas súper emocionantes y diferentes. Yo te animo a que, una vez más, le preguntes al Señor: ¿qué plan quieres Tú que haga yo en verano?

Si realmente ahora tienes más tiempo, ¿cuánto tiempo le vas a dedicar al Señor? Qué triste sería que no hayamos aprovechado bien este momento para disfrutar dándonos, pues hay más alegría en dar que en recibir. Te animo a que hagas un horario real, consultándolo en dirección espiritual, donde quepa todo: estar con tu familia, con tus amigos, ayudar más en casa, visitar nuevos lugares, empezar a leer buenos libros y, ¿por qué no?: comenzar a hacer oración o aumentar el tiempo que ya haces, ir a Misa entre semana, rezar el rosario, etc.

El verano es una oportunidad para descansar, pero ese descanso puede llevarnos al abandono de la tensión de santidad o puede convertirse en un momento de crecimiento espiritual. El Señor cada día espera regalarnos infinitas gracias para hacernos crecer y avanzar en la lucha por la santidad, ¡qué no caigan en saco roto!

Siempre me ha ayudado pensar en un río. Si vas a contracorriente, como muchas veces ocurre en la vida espiritual donde tienes que luchar con tu debilidad y contra el mundo, el demonio y la carne, debes estar continuamente luchando. En cuanto bajas los brazos y te paras, el río te arrastra y lo que habías avanzado, en cuestión de unos minutos lo has perdido. ¡Adelante, sigue luchando, también en verano!

Una virtud que a mí personalmente me ayuda a mantenerme en la lucha es la generosidad. Busca planes divertidos este verano, pero también que te ayuden a entregarte; sé generoso, no busques lo fácil. Hay multitud de situaciones que exigen que salgas de ti mismo hacia el otro: irte de misiones, ayudar en Cáritas, ayudar a tus padres o hermanos en algo particular, quedarte una temporada con tu abuela, ir de monitor a un campamento, ayudar al sacerdote de tu parroquia… O si haces planes con tus amigos como ir a la montaña o a visitar una nueva ciudad, busca que el Señor esté presente, haciendo una visita a la Iglesia o rezando el rosario con tus amigos durante la marcha.

Ahora que tienes tiempo, que estás más descansado y que eres joven: ¡que no se te pase la vida en el sillón de tu casa! Sé valiente, anímate a hacer cosas grandes que te acerquen a la santidad, no te conformes con una vida aburrida y monótona, no tengas miedo de entregar tu tiempo y tus vacaciones porque te aseguro que siempre merece la pena. Dar tu verano al Señor en los demás es la mejor opción de vacaciones, e incluso puede suponer un antes y un después en tu vida. ¡Aprovecha este momento que el Señor te regala!