Hemos sido creados para amar Pt. 2

Aprender a amar es la tarea más importante de todo hombre. Para aprender a amar debemos pasar mucho tiempo con el Amor y pedirle a Él que nos enseñe a amar, puesto que es la vocación universal de todo hombre.

Esta vocación debe ser vivida acorde a la llamada personal que Dios hace a cada uno. Si tu vocación es la vida religiosa debes vivir las exigencias del amor, la entrega total de tu vida, desde una castidad perfecta. Vives el amor esponsal con el mismo Cristo, y eso no hace que estés reprimido o que no seas libre, como muchos opinan. Todo lo contrario, haces un acto perfecto de libertad escogiendo un Amor mayor, renuncias al amor humano por un amor divino que realmente colma todos los anhelos del alma. Así el alma consagrada, viviendo su vocación esposal, es prefiguración de lo que todos viviremos en el Cielo. Amas a Dios y desde Él amas a toda la humanidad, realizas la entrega de todo tu ser, también de tu cuerpo que se une al cuerpo de tu esposo en la Eucaristía.

En la vocación al matrimonio la entrega es a Dios por medio de una única persona. En el proceso de amar a esa persona se dan distintas etapas. Es importante reconocer cada una y entender cómo debe ser la entrega al otro en cada momento. Primero experimentas la atracción, después el enamoramiento, y si con ayuda de Dios vais madurando el amor—entendiendo lo que significa amar—, y os comprometéis delante de Él, lograrás alcanzar el amor verdadero.

Dios en sus designios ha querido que el hombre y la mujer puedan experimentar la llamada de amar con todo su cuerpo y su alma a otra persona y amándose mutuamente sean reflejo del amor de Dios por su Iglesia. Este es realmente el amor verdadero, un amor que no se agota en sí mismo o en el otro, sino que tiende a la vida eterna, tiene su origen en Dios y también tiene su fin en Él. En la vocación al matrimonio, el fin no es el esposo o la esposa, el fin es la santidad, el Cielo, la comunión con Dios. Para entender y vivir un amor verdadero tal y como Dios ha diseñado, el amor conyugal conlleva una serie de notas y características esenciales, basadas en el amor de Jesús, Esposo, entregado totalmente por su esposa la Iglesia. 

Mirando a la Cruz podemos definir el amor, podemos concluir que el amor es siempre libre, total, fiel y fecundo. Y si no manifiesta estas características no es amor. La religiosa que decide consagrar toda su vida a Cristo también vive en su vocación estas características. Su amor por Cristo, su Esposo, es fiel, total, libre y fecundo.

Libre: El amor siempre nace de la libertad. Muchas veces pensamos que el amor es un sentimiento, una sensación agradable que experimento como mariposas en el estómago. Si fuese así, el amor sería algo pasajero. ¿Crees que Jesús en la Cruz experimentaba una sensación agradable? Y, sin embargo, ¿No crees que Jesús nos amaba en la Cruz? El amor es un acto de la voluntad que me hace salir de mí mismo. No es un acto que responda simplemente a lo que me apetece, en ese caso estarías buscándote a ti mismo. Amar es querer el bien del otro, aun cuando eso implique renunciar a mí mismo, a mis gustos. Amar implica muchas veces morir a ti mismo, de hecho, el mayor enemigo del amor es el egoísmo. No hay acto más libre que aquel que decide renunciar a sus pasiones por amar a otra persona. Libremente debes ser capaz de controlar y poseer tus sentimientos, inclinaciones y pasiones para entregarte en cada momento como se te exige. Si simplemente respondieras a un deseo y te dejaras llevar no estarías siendo libre, más bien estarías siendo como un animal que responde a instintos. Pero el amor es mucho más que eso.

Total: Si estoy llamada a amar, si la vocación universal de todo hombre es el amor, si compromete toda mi vida, sería un engaño pensar que puedo amar sin entregar todo mi ser. Jesús en la Cruz nos amó de una vez para siempre, entregó toda su vida sin reservas. Si yo me entrego a alguien es siempre con todo mi ser: lo que soy ahora, lo que he sido y lo que seré. La persona es una unidad, es imposible separar mi dimensión afectiva de la espiritual o de la intelectual, por lo cual, cuando entrego mi cuerpo entrego todo mi ser. No puedo entregarme a alguien, pero no darle mi maternidad o mi futuro, sería como decirle: «Te entrego mi cuerpo, pero el brazo es mío, esto no te lo doy». No tiene sentido, te das y das todo lo que eres y tienes. No es posible entonces entregarme a una persona y después a otra, después a otra… pues esa entrega sería falsa.

Fiel: El amor debe ser siempre fiel. Si hemos dicho que el amor es total, que la entrega conlleva siempre la totalidad de mi ser porque somos uno y es imposible separar las dimensiones de mi ser, el amor exige fidelidad. Cuando una persona se entrega a nosotros, se muestra vulnerable y se pone en nuestras manos, tenemos la responsabilidad de acogerla y custodiarla. Cada vida es un inmenso tesoro, la persona humana es un don sagrado, deberíamos acercarnos a la entrega de la otra persona como Moisés ante la zarza ardiente porque no somos nadie para entrar en lo más íntimo de una persona, es algo que solo le pertenece a Dios. Por ello cuando alguien se entrega a nosotros exige que lo custodiemos con fidelidad. Si yo me entrego a alguien, le doy todo mi ser, y si después esa persona se entrega a otro me está diciendo que no me ama de verdad, que no valora ni lo que ella es ni lo que yo soy, que no se está entregando totalmente a mí y que por lo tanto su amor no es verdadero.

Fecundo: De la entrega de Jesús en la Cruz nace la Iglesia, nace una vida nueva para cada hombre que nos permite alcanzar el Cielo. No hay amor más fecundo que el de Jesucristo en la Cruz, pues de Él nace la verdadera Vida. De este modo, los esposos por medio de su entrega total, exclusiva y para siempre, son capaces de engendrar vida, ya sea por medio del nacimiento de los hijos—lo que exige que sean generosos y se pongan en manos de Dios para acoger en todo momento lo que Él desea regalarles—, o bien, dando vida en otras almas, es decir que, mediante su ejemplo de generosidad y entrega por la Iglesia, siendo imagen de la comunión de Dios, pueden ser un toque de atención a otros que no viven en estas mismas condiciones. Una entrega que está cerrada a la vida, no es una entrega verdadera puesto que no estoy entregando la totalidad de mi persona (mi capacidad de ser padre o madre) y no es imagen del Amor entregado por mí en la Cruz.

Ante todo, te animo a que pases mucho rato ante el Señor, Él está vivo y es el Amor, por lo tanto, Él te enseñará a amar y a entregarte en cada momento. Pide al Espíritu Santo que te ayude a hacer un buen discernimiento y busca un buen guía que te acompañe en ese camino. Pero, sobre todo, que nadie te engañe. El amor más perfecto es el amor en la Cruz, amar exige morir a uno mismo, no tengas prisa, sigue el ritmo de Dios. Dios quiere tu bien y si Él te pide esperar es siempre para tu bien, es Él el que tiene las instrucciones de tu vida y sabe lo que realmente te hará feliz. No tengas miedo, andar sobre su voluntad te confiere una paz inexplicable. Vivir en castidad y en la espera de un amor mayor siempre merece la pena.