Las palabras de Pío XI, relevantes hoy más que nunca

En 1937 el Papa Pío XI escribe una encíclica al pueblo alemán llamada Mit Brennender Sorge (Con viva preocupación) en la que anima a vivir según el Evangelio en medio de un ambiente político y social inestable, y con gran carga ideológica contraria a la fe de la Iglesia Católica. 

Llama la atención la vehemencia y la valentía con la que se dirige a los fieles, en especial a los jóvenes, a quienes nos dedica un capítulo muy interesante en el cual nos anima a vivir de una manera valiente nuestra fe.

Comienza describiendo una realidad muy similar a la nuestra: «La prensa y la radio os inundan a diario con producciones de contenido opuesto a la fe y a la Iglesia y, sin consideración y respeto alguno, atacan lo que para vosotros debe ser sagrado y santo».

Cuántos de nosotros sufrimos por causa de un bombardeo constante de ideologías, de moral anticatólica que se nos presenta de forma autoimpuesta por medio de las redes sociales, de la prensa, de comentarios por parte de nuestros profesores, etc. Y vemos cómo poco a poco se va creando una misma mentalidad relativista en nuestros compañeros de universidad, de trabajo, en nuestros amigos e incluso en nosotros mismos por medio de criterios o pensamientos. Vivimos con la sensación de ir a contracorriente, en una lucha constante.

El Santo Padre no dudó condenar dichas ideologías aludiendo a la carta de san Pablo a los Gálatas: «Y hoy, cuando amenazan nuevos peligros y nuevas tensiones, Nos decimos a esta juventud: “Si alguno os quisiere anunciar un Evangelio distinto del que recibisteis" sobre el regazo de una madre piadosa, de los labios de un padre creyente, por las instrucciones de un educador fiel a Dios y a su Iglesia, ese tal sea anatema (Gal 1,9)”».

El Papa nos anima a seguir adelante, a no dejarnos convencer por doctrinas extrañas que nos alejan de la Verdad y de una vida vivida al lado del Señor. Una vida auténtica, la única que nos lleva a la felicidad: «Cantad vuestros himnos de libertad, mas no olvidéis que la verdadera libertad es la libertad de los hijos de Dios. No permitáis que la nobleza de esta insustituible libertad desaparezca en los grilletes serviles del pecado y de la concupiscencia. (…) No es lícito a quien canta el himno de la fidelidad a la patria terrena convertirse en tránsfuga y traidor con la infidelidad a su Dios, a su Iglesia y a su patria eterna». 

Pio XI también hace una reflexión acerca de la inversión de los valores en la sociedad. Así, explica cómo esta sociedad considera despreciable el bien y la verdad. Entonces, asociada a la heroicidad al mal, la sociedad va en contra de la moral católica. Él mismo comenta: «la conservación de la pureza bautismal representa una acción heroica, que debería ser apreciada como merece, tanto en el campo religioso como en el natural».

También hace referencia al injusto ataque que la Iglesia recibe por parte de la sociedad. Dicho ataque también se da hoy en día, donde las virtudes y todas las buenas acciones que realiza nuestra Madre, la Iglesia, son ignoradas. Sin embargo, el mal que causa el pecado de sus integrantes es anunciado y proclamado por todos: «Os hablan de las fragilidades humanas en la historia de la Iglesia, pero ¿por qué os ocultan las grandes gestas que la acompañan a lo largo de los siglos, los santos que ha producido, los beneficios que la civilización occidental recibió de la unión vital entre la Iglesia y vuestro pueblo?».

Comenta también la fuerza con la que estas ideologías luchan por pretender absolutizar y dar un valor exagerado a cuestiones que la Iglesia, como Madre y Maestra, nos enseña a tratar y valorar en su justa medida y de una forma ordenada. Un ejemplo de uno de esto es el caso del cuerpo o del amor humano.

Así mismo habla de la clara secularización que vive la sociedad. Se intenta sustituir las tradiciones católicas, los momentos reservados al Señor, los momentos para crecer en familia y en comunidad, por actividades propuestas por parte de los organismos sociales y políticos, totalmente alejadas de Dios y de la Iglesia. 

Por ejemplo, hoy en día observamos cómo el domingo ha pasado de ser el día de Señor a ser el día del deporte. Este hecho también se vivía entonces: «Os hablan mucho de ejercicios deportivos, los cuales, si se usan en una bien entendida medida, dan gallardía física, que es un beneficio para la juventud. Pero hoy se les señala, con frecuencia, una extensión que no tiene en cuenta ni la formación integral y armónica del cuerpo y del espíritu, ni el conveniente cuidado de la vida de familia, ni el mandamiento de santificar el día del Señor. Con una indiferencia rayana en el desprecio, se despoja al día del Señor de su carácter sagrado».

Debemos agradecer al Señor los santos pastores que ha mandado a su Iglesia, y la valentía y veracidad de sus enseñanzas que, aun a pesar de los años, continúan siendo de ayuda y de luz para los cristianos; y pedirle que nos ayude a ser fieles, a ser buscadores incansables de la Verdad, a no alejarnos de ella y a vivir nuestra vida de fe con sencillez, coherencia y sin miedo.