Lucha espiritual

Santa Teresa de Jesús en El Libro de la Vida, comenta que cuando ella comenzó a hacer oración le ayudaba mucho pensar en la belleza de la creación, mirar las flores de la capilla, etc. porque en todo eso veía a Dios. Precisamente uno de los siete dones del Espíritu Santo, el don de ciencia, te permite ver la mano de Dios en todo lo creado.

La creación te permite entender que es necesaria la existencia de un ser creador, un ser bueno que haya decidido crear todo lo que vemos, todo lo bello. Te abre el corazón a la alabanza de Dios, Rey y Señor de la creación, que ha dispuesto todo para demostrarnos su amor y te permite comprender muchas realidades de la vida de la fe.

Este verano he tenido la oportunidad de realizar numerosas marchas por las montañas, contemplando paisajes de la naturaleza realmente bellos. Estremece pensar que, al ser nosotros el culmen de la creación, Dios ha creado todas las cosas para que, viendo y admirando la belleza de lo creado, entendamos que Dios nos quiere, nos cuida, nos protege y desea nuestro bien.

En una de las marchas, tuvimos que subir hasta lo alto de un pico. Nos llevó cuatro horas conseguirlo, y la marcha fue bastante dura. Todo el camino fue una subida por medio del bosque, luchando contra el calor y el cansancio.

Durante esos días estuvimos hablando sobre la lucha por la virtud, así que en la marcha muchas íbamos pensando en la batalla espiritual. Cuando un alma se decide por vivir una vida en tensión de santidad, en verdadera radicalidad por amor a Jesucristo, cuando lucha con la gracia de Dios para alcanzar una vida virtuosa, también tiene que hacer frente a numerosos esfuerzos y agotamientos espirituales.

Como decía, la subida al pico fue extenuante. Teníamos que parar cada cierto tiempo porque nos agotábamos en seguida y tardamos muchas horas en conseguirlo. Sin embargo, la bajada fue mucho más sencilla, tardamos la mitad y el esfuerzo fue mucho menor. 

¿No ocurre igual en la vida espiritual? Alcanzar la virtud es duro y complicado, pero dejarse arrastrar por la tentación es fácil y, enseguida y casi sin darte cuenta, dejas de luchar y has retrocedido todo lo que habías avanzado en tus últimas luchas.

Por otro lado, teníamos que avanzar a pesar de los arbustos que cerraban el camino. Literalmente teníamos que apartar con nuestras manos las ramas para poder pasar y, estas, iban golpeándonos las piernas y los brazos. Muchas acabamos con pequeñas heridas del roce, sin embargo, aquellas que llevaban sus piernas cubiertas por un pantalón más largo, apenas notaban este daño. Eso me recordaba al pecado. En numerosas ocasiones nos ponemos en situación de pecado y aunque intentamos apartarlo de nuestra vida, este va dejando huella en nuestra alma y en nuestro cuerpo. Sin embargo, las almas que se protegen con una vida espiritual seria, que se revisten con la gracia de los sacramentos, se cubren e impiden que el pecado afecte y dañe a su alma.

Aunque la subida era difícil, alguna de las chicas pudo conseguirlo de una manera mucho más fácil gracias al auxilio de algún palo que les ayudaba a apoyarse durante la subida. Después, reflexionábamos acerca de cómo en la vida espiritual sucede lo mismo. Luchar solo es mucho más difícil que luchar acompañado y apoyado en un buen guía espiritual que te aconseje y dirija hacia la meta, el Cielo, y que impida que tropieces o caigas por una piedra en el camino.

Gracias a Dios, en la lucha, nunca estamos solos; el Señor no nos abandona jamás.

Otra cosa que nos sucedió fue que varias acabamos con la piel quemada por el sol. Al estar tan alto, hacía frío y el sol no era muy fuerte; en ocasiones incluso no se veía, pero su presencia era real y poco a poco iba quemando nuestra piel. Dios actúa del mismo modo, a veces no sentimos su presencia, parece que no está, que nos ha abandonado, pero poco a poco y si perseveramos en su presencia, Él va marcando nuestra vida con su gracia y sosteniéndonos con su calor.

Por último, muchas agradecíamos que, en ciertas ocasiones, especialmente en la subida, cuando el calor era más sofocante, una ligera brisa llegaba y nos aliviaba el cansancio. Este es el soplo del Espíritu Santo, que cuando le invocamos viene en nuestro auxilio como consolador en la batalla.

La vida espiritual es una batalla, es cansada y requiere de mucha fuerza y ánimo, pero no estamos solos, Dios nos alienta y nos acompaña, la Virgen y los santos acuden en nuestro auxilio. Y cuando lo consigas, cuando llegues a la meta y disfrutes de las vistas podrás comprender que siempre merece la pena luchar. ¡Nuestra meta es el Cielo!