Hombres Mártires de la Pureza

Querido principiante:

Tenemos mujeres santas por la castidad, pero, ¿qué pasa con los modelos masculinos? Recientemente he aprendido la historia de varios hombres jóvenes que murieron por su fe defendiendo su castidad contra actos homosexuales, y creo que su historia es muy aplicable a lo que estamos viviendo ahora. Sus nombres: san Carlos Luanga y compañeros.

Ocurrió a finales de 1880 en Uganda. El país había empezado recientemente a ser evangelizado y el gobernante local, Mwanga, que tenía el vicio de practicar la homosexualidad, hizo que mataran a dos misioneros.  

El jefe de los mensajeros del palacio, Joseph Makasa —de 25 años y recién convertido al catolicismo— reprendió al rey por el asesinato y le dijo que su vicio iba en contra de la ley de Dios y de la naturaleza humana. Mwanga, en su rabia, mandó asesinarlo, comenzando así la masacre.

Cuando los otros católicos que trabajaban como mensajeros escucharon las noticias, en vez de temer por sus vidas, se llenaron del coraje de preferir la muerte antes que ofender a Dios.

Había un joven mensajero llamado Mwafa, del que el rey Mwanga había intentado abusar. El chico le dijo que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y que él iba a proteger su castidad, sin importar lo que pasase. El rey Mwanga le exigió que le dijese dónde había aprendido eso, y al oír que era de otro mensajero, Denis, mandó buscarlo. Denis, de 17 años, fue y el rey le preguntó: «¿Eres cristiano?» Él contestó: «Sí, soy cristiano, y lo seré hasta la muerte». Al oír esto, el rey le clavó una lanza en la garganta y lo envió fuera para que acabasen con él. Esa noche se colocaron guardias alrededor de los terrenos para que nadie pudiera escapar. Era el 25 de mayo de 1886.

Mientras tanto, el nuevo jefe de los mensajeros, Carlos Luanga, de 25 años (atleta, conocido como «el hombre más guapo de Uganda»), empezó a instruir a otros mensajeros sobre el pecado de los actos homosexuales. Mostró la diferencia entre el amor de caridad y el amor de la concupiscencia, pues uno mira al bien del prójimo mientras que el otro busca satisfacer sus propios deseos desordenados (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 1339, 2357). Terminó su lección repitiendo las palabras de Jesús: «A quien me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32).

Ante sus palabras, todos los jóvenes estaban ansiosos por dar su vida antes de renunciar a su fe o su pureza. Era lo que necesitaban para lo que les esperaba.

Incitado por su consultor, un hechicero llamado Katikiro, el rey llamó a todos los mensajeros. Les dijo: « Desde hoy en adelante es ilegal ser cristiano es mi reino. Aquellos que dejen de rezar al Dios de los cristianos y dejen de practicar esa religión, serán libres.  Aquellos que decidan continuar siendo cristianos serán encarcelados y asesinados».

Después de esto dio la orden: «Aquellos que deseen permanecer cristianos, que den un paso al frente».

Inmediatamente Carlos dio un paso al frente seguido de un chico de 14 años llamado Kizito, y otros 20 jóvenes, muchos de los cuales no estaban todavía bautizados, pero que ya tenían la fe arraigada en sus corazones.

El rey Mwanga repitió: « ¿Estáis determinados a permanecer cristianos?»

«Cristianos hasta la muerte», respondieron.

Fueron llevados a la prisión y esa noche los que no estaban bautizados todavía le pidieron a Carlos que les administrara el sacramento. Estuvieron en prisión siete días hasta que la hoguera –el lugar de su holocausto– estuviese preparada. El 3 de junio, día de la Ascensión, fueron quemados vivos. Como parte de la «ceremonia», Carlos Luanga, destacado por su valentía y su estímulo, fue llevado a un lado para ser quemado solo. Ayudó con gusto a preparar la leña. Mientras los mártires se quemaban lentamente hasta morir, cantaban canciones al Señor, ansiosos por verlo pronto en el Cielo.

El padre Burtin, asignado por la Congregación para las Causa de los Santos para estudiarlo, confirmó que estos jóvenes habían muerto por su fe y porque se negaron a profanar sus cuerpos. Recomendó que se les declarase mártires de la pureza.

Pedimos a estos jóvenes, que ahora gozan de la presencia de Dios, que recen para que seamos tan valientes como ellos de defender la castidad en cualquier modo que pueda ser amenazada.

En la lucha, 

Otro principiante.