La sonrisa de Nuestra Madre en Lourdes

Aunque Nuestra Madre no aparezca mucho en la Biblia, hemos recibido con frecuencia el gran regalo de su presencia aquí en la tierra. A través de estas apariciones, podemos escuchar sus palabras, preocupaciones, oír cuánto nos ama, lo que quiere y espera de nosotros y cómo podemos ser mejores hijos para ella y para el Señor.

Dicho esto, te animo a que aprendas más sobre las apariciones marianas. Aquí, solo quiero contar una pequeña anécdota sobre una que ha visto a Nuestra Madre y la belleza de su sonrisa.

En 1858, en el pequeño pueblo de montaña de Lourdes, la Virgen se apareció a una niña llamada Bernadette, una pobre pastorcita, mientras iba recogiendo leña junto al río. Desde el principio, la niña fue aclamada por todo el mundo, recibiendo atención no deseada, tanto a su favor como en contra de ella.

Justo después de la última aparición (hubo 18 en total), estaba arreglando un par de calcetines, cuando un ateo vino a visitarla con la intención de atraparla en sus mentiras. Él era el conde de Broussard, y escuchamos en sus propias palabras acerca de su conversación con la niña:

«Fui a la casa de los Soubirous y encontré a Bernadita en la puerta, atareada con medias de zurcido. Después de un largo interrogatorio sobre las apariciones, le dije: “Por último, ¿cómo sonrió ella, esta hermosa dama?”. La pequeña pastora me miró con asombro; luego, después de un momento de silencio: “Oh, señor, tendría que venir del cielo mismo para reproducir esa sonrisa”.

¿No podrías repetirla por mí? Soy un incrédulo y no creo en tus apariciones. La cara del niño se nubló. “Entonces, señor, usted cree que soy una mentirosa”.

Me sentí desarmado. No, Bernadita no mentía, y yo estaba a punto de arrodillarme para pedirle perdón. Luego continuó: “Como es un pecador, repetiré la sonrisa de la Santísima Virgen para usted”. La niña se levantó muy lentamente, unió sus manos y ofreció una sonrisa celestial como la que nunca había visto en ningún labio mortal. Su rostro se iluminó con un deslumbrante brillo de luz. Ella sonrió de nuevo con los ojos levantados hacia el cielo. Permanecí inmóvil ante ella, convencido de que había visto la sonrisa de la Virgen en el rostro de la vidente.
Desde entonces he atesorado este recuerdo celestial en lo más profundo de mi alma. He perdido a mi esposa y a mis dos hijas. Sin embargo, me parece que no estoy solo en este mundo. Vivo con la sonrisa de la Virgen».

Al leer esta anécdota, podemos aprovechar para pedir a Nuestra Madre dos gracias:

1. Que nos sonría, especialmente en esa parte de tu corazón que más lo necesite. Pídele que te conforte ahí con su sonrisa.

2. Que, como santa Bernadita, tú también puedas ser transmisor de la Virgen. Que Ella pueda sonreír a sus hijos a través de ti.

Que así sea.