Jesús paga por los pecados

Querido principiante:
Hoy te traigo una nueva reflexión para ayudarte a vivir bien el tiempo de cuaresma.

ORACIÓN

Esta semana te animo a que continúes meditando alguna de las estaciones del viacrucis. Hace poco leí acerca de la estación en la que Jesús es despojado de sus vestiduras, un acto humillante para cualquier hombre, cuanto más para el que es el más puro de todos. Sin embargo, esto nos ayuda a ver cómo Jesús desagravia todos los pecados cometidos contra la pureza. Muchas personas pecan despojándose voluntariamente de toda modestia, dignidad, pureza. Se puede hacer con la ropa como con la propia imagen: gestos impuros, bromas impuras, desvistiéndose ávidamente de una imagen de santo delante de otros para poder formar parte del grupo, procurando quitarse la buena educación recibida para que los demás lo tomen a uno por otro. Todo lo fácil que es desnudarse lo tiene de difícil volver a ponerse lo que tan ansiosamente fue quitado. En esta estación podemos ver el dolor de Jesús al ver que la gente lo hace. Él, sin embargo, paga amorosamente por ello.

AYUNO

“Te amo, mi querido hijo, con toda la dulzura de la que una madre es capaz, pero prefiero infinitamente más verte morir a mis pies antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal”. ¿Qué tal estas dulces palabras de una madre? La reina Blanca de Castilla se las dijo a su hijo, el joven rey de Francia, San Luis IX (1214-1270).

Aunque no creo que se tuviera que preocupar demasiado, porque fue un hombre ejemplar como hijo, marido, padre de 11 hijos y cristiano. En ese entonces no era común recibir la comunión, a no ser que fuera una solemnidad. Pero aun así, San Luis oía misa dos veces al día y recibía la comunión en las seis grandes solemnidades todos los años, de rodillas.

Seguramente conozcas uno de los edificios que mandó construir: la Santa Capilla de París. Él, al igual que todos sus contemporáneos, tenía una gran devoción por las reliquias, y cuando le fue regalada la corona de espinas de Cristo, mandó construir esta capilla para albergarla. Cuando las reliquias llegaron, fue el rey quien llevó la corona a la capilla, su propia corona de lado, descalzo y vestido de penitente.

Le encantaba visitar uno de los monasterios que había construido, viviendo en él como un monje más. Pero incluso en palacio vivía una vida austera, una vida de oración, ayuno y penitencia (durante todo el año, no sólo en cuaresma). La gente se quejaba de que perdía mucho tiempo en misas y oraciones, y él simplemente respondía que, si se pasara ese mismo tiempo de caza o jugando a los dados, nadie diría nada.

Como puedes ver, el rey daba ejemplo a todos sus súbditos. No sólo era humilde y justo para con todos, sino que también se parecía a Cristo en lo que dice San Juan: “Pero Jesús no se fiaba de ellos, pues los conocía a todos” (Jn. 2, 24). A San Luis no le importaba lo que pensaran de él, porque sabía que ante Dios estaba haciendo lo que debía.

¿Tú te fías de los demás? Aquí va un pensamiento del cual hacer ayuno: “¿Qué pensará ___ si hago___?”.

LIMOSNA

La semana pasada, un sacerdote de Donegal (Irlanda) predicó en la homilía sobre el sentido del humor que Dios tiene y cómo siempre nos recompensa por nuestros actos, por pequeños que sean. Contó que había una señora de la parroquia que estaba ayudando a una gente pobre a renovar la casa y cuando el sacerdote ofreció ayuda, ella pidió una nevera. Él juntó el dinero y se lo dio a la señora. Esa tarde recibió un mensaje de una persona completamente distinta que decía: “Si Dios tuviera una nevera, llevaría su nombre”. ¿Casualidad? Sí. ¿Providencial? Diría que también. Intenta mirar las cosas con otra luz – una en la que la mano de Dios está en todo.

En Cristo,
otro principiante, pero con muy buenos maestros.