13ª regla de discernimiento

Querido principiante:

La última vez hablamos del demonio como mujer, por lo que me parece justo que también hablemos de él como hombre. San Ignacio pensó lo mismo.

La decimotercera regla compara al enemigo con un amante secreto. Ya sabes, una relación amorosa entre un hombre y una mujer casada cuyo marido vive. O el secreto “chico malo” de una chica que tiene un buen padre. Totalmente prohibido. Y, ¿qué le dice el chico a la chica?: “No le digas a tu padre lo nuestro, él no quiere que crezcas”. De igual forma lo hace el amante: “Te quiero muchísimo; haría lo que fuera por ti… Tu marido no te entiende, sin embargo, yo estoy pendiente de cada palabra que sale de tus labios…”. Y quiere que cada palabra dicha sea un secreto.

Bueno, has de saber que el demonio es peor. ¡No tiene ningún interés en tu bien! Lo único que quiere es destruirte, porque eres muy amado por un Dios al que odia.

El amante no quiere que ella revele a los demás los secretos y promesas que le dice, porque, si lo hiciera, él no podría continuar con sus intenciones. El demonio es igual. Odia cuando cuentas tus tentaciones al confesor o al director espiritual, porque entonces no puede seguir con su plan. Y sabes que, cuando viene la tentación, hay que hacer lo diametralmente opuesto a lo que la tentación te sugiere: ¡Di todo! No es que tu director espiritual sea curioso y lo quiera saber todo; él ya ha oído de todo, pero es una gran ayuda para ti. El director te puede ayudar y dirigirte con respecto a la forma de vencer la tentación y, muchas veces, tan solo con decirlo, la tentación desaparece.

Pruébalo tú mismo. Te convencerás de que muchas cosas que te han dicho el mundo y el demonio son mentira, pero, si no llevas tus dudas a la luz, seguirán escondidas y sin resolver. 

En la luz,

otro principiante, pero con muy buenos maestros.