3º regla de discernimiento

La tercera regla continúa hablando sobre la consolación, que no me sorprendería que ya la hayas experimentado alguna vez. San Ignacio dice: “Hablo de consolación cuando en el alma se produce alguna moción interior, con la cual el alma viene a inflamarse en amor de su Creador y Señor; y, como consecuencia, cuando ya no puede amar ninguna cosa creada sobre la haz de la tierra en sí, sino en el Creador de todas ellas”.

No creo que haga falta mucha explicación. Puede ser una alegría intensa, o lágrimas de arrepentimiento al pensar en la Pasión de Cristo o en su amor; puede ser que experimentes el amor de Dios, el consuelo de saber que es tu Padre y que te cuida; en fin, todo lo que te mueva a amar a Dios, a servirlo y a alabarlo. A veces parece que tu corazón arde en el amor de Dios. Todo aumento de fe, de esperanza, de caridad o de otra virtud es una consolación. El Señor da muchas consolaciones al principio, para ayudar al alma a ir dejando cosas y a entregar lo que se le pide. Nos fortalecen y nos animan a comprometernos más con Dios.

Recuerda: las consolaciones son regalos de Dios. No los consigues tú, así que no te pueden enorgullecer por ello. Dale gracias a Dios y acuérdate de lo que te ha dado, para que cuando venga la desolación estés listo.

En la Eucaristía,
otro principiante, estudioso de San Ignacio.