La Paz

Un día más. Se levantó de la cama, cogió el conjunto de ropa que había preparado el día anterior y comenzó a arreglarse. 

No le daba tiempo a desayunar pues tenía prisa; salió corriendo con las llaves del coche en la mano. 

Llegaba tarde a la reunión de trabajo y para colmo los coches se agolpaban unos tras otros en la carretera. Llamó a Rafa, su jefe, para avisarle de que llegaría tarde...

Esa maldita empresa no quería colaborar con ellos. Estaba ya cansada de reunirse con esta gente. ¿No se daba cuenta Rafa de que no se podía conseguir nada de ellos? Pero él insistía. Después de dos horas largas terminó la maldita reunión. 

De repente sonó su teléfono. Era su hermano, que le avisaba que su madre se había caído de la bañera y se había roto la cadera. ¡Lo que faltaba! 

La secretaría le dejó en su mesa varios folios, lo que significaba que como siempre... tendría que quedarse hasta tarde trabajando. Escribió a su hermano: «Ocúpate tú de mamá, yo iré esta noche, duermo con ella».

Solo quedaba ella en la empresa. Miró el reloj; las 23:00h. Con tanto ajetreo había olvidado que pasaría la noche con su madre. 

Eran las 23:45. Ya estaba en el hospital, su madre dormía plácidamente, pensó que seguramente le habrían dado algún analgésico contra el dolor; y ella a este paso también iba a necesitar uno... 

Estaba agotada, ya no podía más. Empezó a darle vueltas a la cabeza. ¡Cuántas cosas tenía encima! Finalmente se quedó profundamente dormida. Se despertó varias veces esa noche, pero logró descansar algo... 

Abrió los ojos. Su madre le estaba mirando y le sonreía como solo ella sabía hacer. «Hija mía, tienes que hablar con un sacerdote». No se podía creer que volviera con la misma historia de siempre... ella no necesitaba hablar con nadie. 

-Mamá ¿te duele mucho? 

-No hija, además así tengo algo que ofrecer a Dios, qué bueno es Él...

Le ponía nerviosa cuando su madre hablaba de ese modo. De repente entró un sacerdote en la habitación e ignorando a su madre completamente se dirigió a ella:

- Usted es la que está enferma, confiésese hoy.

Ella acto seguido se fue a confesar. ¿Por qué lo hizo? No lo sabe, algo le empujó a ello y sin dase cuenta estaba arrodillada frente a él llorando y reconociendo ese pecado que tanto tiempo le había estado destrozado por dentro... ese que no era capaz de quitarse de la cabeza desde hacía... ¡treinta y cinco años! 

Estuvieron una hora hablando. Le ayudó muchísimo. Cuando salió de esa confesión por primera vez experimentó su alma paz, mucha paz.

Actualmente me confieso con frecuencia, y muchos me preguntan que para qué o por qué tengo que decir mis pecados a un cura. Y yo les explico que es lo mejor que me ha pasado y me pasa en mi vida después de la Eucaristía. Gracias a la confesión tengo una tranquilidad que no había encontrado en ningún otro sitio. ¿No os ha pasado a vosotros que después de confesaros es como si os quitarais esa piedra que cargabais en vuestra espalda? 

El Señor ha querido servirse del hombre para darnos su Amor y Misericordia. Por lo tanto, en el sacramento de la penitencia, yo no me confieso con un cura, sino con Cristo. Porque Él se ha servido de personas como yo...y gracias a esto hoy te estoy hablando a ti.

María es la Reina de la Paz, acude a Ella porque tu corazón necesita su Paz. Yo me apunto, ¿y tú?