Conversión

Estaba en otra dimensión; era el rey de la fiesta. Una copa en la mano y un “piti” en la otra. Parecía que la música nunca dejaría de sonar: ruido, gente, alcohol… ¿Y qué más quería? 

Él era lo más, valía muchísimo y lo sabía. Le sobraban amigos, tenía pretendientes por las esquinas y las mejores notas de la clase. 

Al fin llegó a casa; le dolía la cabeza. Se miró al espejo y comenzó a reírse, ¡cómo había disfrutado!

Se sentó al borde de su cama y le volvió a surgir aquella maldita pregunta: «¿Quién soy yo?». Y es que no era capaz de responderla. Tenía puestas tantas máscaras que ya no sabía ni quien era. Ignoraba también lo que le gustaba porque esto variaba en función de con quién estuviera, no conocía su estilo de ropa, tan solo lo que estaba de moda, tampoco sus proyectos porque eran los que “tenía todo el mundo”. Pese a esto, creía ser original, ser único; ¿quería seguir viviendo así? ¿De qué otro modo si no?

Al día siguiente se levantó como otro día cualquiera. Ya estaba tardando en pensar el plan que haría el siguiente fin de semana. Sin embargo, ese día fue distinto a los demás. Una frase le traspasó el alma: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mt. 16, 26).

 Ahora, años después, se miraba al espejo y por primera vez podía responder quién era: un milagro de Dios. Él no había cambiado, era Dios quien le había cambiado. Su vida pasada terminó y tenía una segunda oportunidad para reparar todo el daño que había cometido. Ya no pensaba en disfrutar sino en Amar. 

¡Jóvenes! Es imposible casar a Dios con el mundo, pues «el que no está conmigo está contra mí» (Mt. 12, 30). Tenemos sed de Dios y lo buscamos donde no está: discotecas, fiestas, amigos, planes, estudios, proyectos, sueños, gimnasio…

Él está esperándonos en la confesión y en la Eucaristía: «¿Sois vosotros los que buscáis a Dios? Es Dios quien os busca a vosotros». Dejaros hacer y deshacer por Él. 

Aunque es verdad que Dios es un Dios justo, también es verdad que es misericordioso. Cargó sobre sí la justa condena que merecieron nuestros pecados y nos redimió. Y nos entregó a María como Madre de Misericordia. Ella que conoce nuestras miserias las transformará en delicias en el corazón de su Hijo. ¡No nos soltemos de su mano! Porque es nuestra autopista segura al Cielo.