¡Arde!

Parecía que Su fuerza le traspasaría de un momento a otro. Su corazón se aceleraba a mil por hora, estaba asustado, no podía dejar de mirarLE. 

Él absorbía sus pensamientos de tal modo, que nada más era importante. Miró el reloj; habían pasado tres horas desde que se había sentado en aquel banco cualquiera. No quería irse, pues creía que en el momento en que cruzara la puerta desaparecería aquella presencia, SU SANTA PRESENCIA. 

Pero no era momento de pensar qué ocurriría cuando se fuera de ahí, sino de seguir este encuentro de enamorados. Nadie le haría arder el corazón como Aquel que lo amaba, quemaba, abrasaba, ¡y limpiaba!

Algunos hablan de un “cacho de pan”, yo de un Dios vivo que es humildad, y por eso se esconde bajo la apariencia de pan, y que es Amor, y por eso lleva esperándote una eternidad para fundirte en sus brazos. 

Si dudas de la existencia de Dios, ve al Santísimo y míralo y, sí, llora, llora de alegría, porque Dios existe.