Ella

Una calada, otra y... el humo comenzó a elevarse.

Su mirada estaba perdida. Perdida en sus pensamientos, en su mundo, en su nada.

Encendió otro cigarrillo, dos, tres...
Y susurró para sí: «¿Qué me pasa?». Y es que se había puesto tantas máscaras que ya no reconocía su rostro, había jugado tanto con fuego que tenía el corazón quemado, había construido tantos ídolos que ya no sabía ante cual estaba postrada...

Vacío, vacío y vacío.

Hoy miraba a aquella estatua de la Virgen. Sus ojos comenzaron a ver: «¿Que qué me pasa? Que me faltas Tú».

Cuántas veces nos empeñamos en andar sin María, la brújula de nuestro camino; en sonreír sin María, «la causa de nuestra alegría»; en escondernos en otros brazos, sin acudir al «refugio de los pecadores».

«Sin María» debería estar mal formulado para nosotros; «O con María o con María». ¡Qué dureza dejan a su paso aquellos que no acogen la ternura y el cariño de su Madre!

La vida con Ella tiene un destino seguro: el Cielo. Yo me apunto, ¿y tú?