El encuentro personal

Entonces llega EL DÍA en que te envuelve y tu vida gira 180˚. 

En un cruce de miradas, Él ya te lo ha pedido todo: “Ven y sígueme”.

Tú intentas esconderte, pero “¿quién podrá resistirse ante su mirada?”. Es una locura infinita de amor.

Cuando parece que has logrado escapar, te das cuenta de que, cuando pusiste el primer pie en la puerta de “SALIDA”, ya estabas buscando la de “ENTRADA”. 

De esta manera, Él salió a mi encuentro. Fue en busca de la oveja perdida, para hacerme suya de nuevo. 

Tan bien me conoce que antes de que yo eligiera dónde me escondería de Él, Él ya me esperaba en aquel lugar. 

Y mi alma, que solo encuentra VIDA en sus manos, ya empezaba a hallar la muerte en el mundo…

Recuerdo que con su ternura me dirigió aquellas palabras que traspasaron como espada mi corazón: “Levántate, amada mía, ven a mí, que te amo, que el invierno ya ha pasado”. En ese momento, me dio la gracia de morir al pecado y, como a la suegra de Pedro, me levantó de mi fiebre y yo me puse a servirle. 

Cada uno tenemos una historia personal con Cristo, con su misericordia, con su paciencia, con su bondad… ¡Con Él! No os pienso convencer de que merece la pena dejarlo TODO por Él, porque Él ya os lo mostrará, si no lo ha hecho ya. 

Me fascina pensar que cada uno tenemos un plan de salvación personal preparado por Dios desde la eternidad. Repito: preparado por Dios, por quien más te conoce, más te ama, más te anhela, más te educa, más te cuida… En fin, ¿le decimos que SÍ? Pues, pidamos a María que -aunque no sepamos de música- nos dé un “sí sostenido”, hoy, aquí y ahora, para seguir a nuestro primer amor.