No seas un pavo real: vanagloria

Desea el bien; no seas un sapo espiritual, no avances al ritmo de una gallina. Desea la santidad; atrévete a elevarte como un águila. En tres artículos anteriores, señalé la importancia que santa Teresa da al sincero deseo de santidad y a la voluntad de responder al Señor con generosidad de aquellos que desean crecer en amor al Señor y ser santos. Hay una virtud para eso: magnanimidad. Ya hay un artículo referido a la magnanimidad, La magnanimidad: corazón grande, espíritu generoso - Hogar de la Madre de la Juventud, por eso vamos a hablar del vicio contrario a esta virtud.

Muchas virtudes pueden entenderse como el punto medio entre dos extremos. Para ser valiente, tengo que evitar tanto la cobardía (defecto) como la temeridad (exceso). Para adquirir la virtud de la templanza, tengo que estar seguro de no caer en la intemperancia (defecto) o en la insensibilidad (exceso). En el caso de la magnanimidad, en la parte del “defecto”, tenemos la pusilanimidad, una falta pasiva del deseo de grandeza, aspecto que ya hemos tratado. En la parte del “exceso”, hay tres vicios: vanagloria, ambición y presunción. Veamos qué es la vanagloria.

Cuando trata el vicio de vanagloria (Summa Theologiae II-II, q. 132), Santo Tomás empieza señalando que no es pecaminoso el deseo de gloria. Podemos sorprendernos de esto, porque también afirma que tener gloria significa que otros reconocen y aprueban algo bueno en ti. ¿No es malo ser reconocido? ¿No deberías asegurarte siempre de hacer el bien en secreto para que nadie se entere y hacerlo puramente para gloria de Dios sin ningún interés en lo que otros puedan pensar? Lo creas o no, pensar que debes tener una “pureza absoluta” de intención en todo lo que haces, es una idea bastante moderna. Santo Tomás tiene un enfoque mucho más equilibrado.

Al dar limosna, Jesús nos pide que nuestra mano derecha no sepa lo que hace la izquierda (Mt. 6, 3). Eso quiere decir que no debemos ir proclamando cuánto dinero hemos dado a los pobres. Sí, pero ¿podemos concluir que lo que Jesús quiere decir es que todo lo bueno debe hacerse en secreto? Él también dice: “Dejad que vuestra luz brille ante los hombres para que vean vuestras buenas obras”, dejando entender que no pide que todo el bien se haga en secreto y sin reconocimiento. Ahora, recuerda que podemos ser alabados por nuestras buenas obras, pero al mismo tiempo, ser ridiculizados. Del mismo modo que el miedo al ridículo no debe disuadirnos de hacer el bien, así tampoco la posibilidad de recibir alabanzas. En realidad, un deseo de reconocimiento y aprobación de buenas y santas personas puede ayudar a dar pasos en la vida espiritual. Santa Teresa nos anima a compartir con otros nuestro deseo de amar a Dios y de crecer en santidad sin preocuparnos de caer en vanagloria. “Me parece que este escrúpulo (de vanagloria) es una invención del demonio, que lo encuentra demasiado valioso. Lo usa para persuadir a aquellos que tratan de amar y agradar a Dios, para ocultar sus buenos deseos, e incita a otros, cuya voluntad está inclinada al mal, a revelar sus malas intenciones” (Santa Teresa, Autobiografía, cap. 7). Si uno está tentado a hacer el bien simplemente buscando recibir gloria de otros, ni siquiera en ese caso debería dejar de hacer el bien, más bien, “tan pronto como el primer movimiento de vanagloria le ataque, él (debe) repelerlo y, haciéndolo, gana mérito” (ibid).

Recibir gloria y reconocimiento de buenas obras nunca es pecaminoso. Desear gloria y reconocimiento no es pecaminoso en sí mismo, y no debemos estar excesivamente preocupados si descubrimos algo de deseo de reconocimiento en nuestras intenciones. Buscar la gloria vana sí es pecaminoso. ¿Cómo saber la diferencia? Santo Tomás viene en nuestra ayuda explicando que hay tres cosas que hacen la gloria vana. Voy a explicar su respuesta mediante varios ejemplos.

Veamos a un joven que busca la gloria por beber grandes cantidades de alcohol sin desmayarse. ¿Qué es lo que hace mal buscando en esto aprobación y reconocimiento? Simplemente que el hecho de beber grandes cantidades de alcohol, en sí mismo, no es digno de gloria. Si tener gloria es que otros reconozcan un bien en mí y lo que yo estoy haciendo no es bueno, esto no es gloria sino vanagloria.

O veamos a una chica joven que estudia mucho para impresionar a un chico muy inteligente del que está enamorada, pero resulta que es un idiota. La gloria que busca es vana no por lo que hace, ya que la estudiosidad es una buena cualidad. Lo que lo hace vano es a quién busca impresionar. Si deseamos reconocimiento de personas que no buscan nuestro verdadero bien, no estamos yendo por el camino correcto, y la gloria que recibamos será vana.

El tercer caso: veamos a un hombre joven recién casado que trabaja duro por su familia y quiere ser un buen padre. Sin embargo, lo vive todo en un nivel muy natural, sin referencia a Dios o al bien espiritual de su familia. La acción en sí es buena. Las personas de las que espera reconocimiento son buenas: su mujer y sus hijos. El problema está en que no eleva este deseo a Dios, quien debe ser la fuerza que motive todos nuestros actos. Está tan atrapado en el “aquí y ahora”, que pronto empezará a descuidar, no solo su relación con Dios, sino también el bien espiritual de su familia.

A medida que crecemos espiritualmente, desear un cierto reconocimiento de los demás no es pecaminoso. Santo Tomás nos ayuda a estar atentos a todo aquello que podría desviarnos del camino correcto. Nuestras acciones deben ser verdaderamente buenas, las personas de las que esperamos reconocimiento deben ser verdaderamente buenas, y debemos elevar este deseo de reconocimiento a Dios, el único que ve nuestros corazones. Ahora podemos añadir otro paso. No solo podemos elevar a Dios nuestros deseos y motivaciones, sino también la gloria y el reconocimiento que recibamos. En una ocasión, cuando la hermana Clare fue alabada por sus buenas obras, en vez de decir: “No, no, no soy tan buena”, ella simplemente sonrió y dijo: “¡Todo para gloria de Dios!”. La frase citada anteriormente sobre dejar que nuestra luz brille, sigue así: “Que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt. 6, 3). Él es quien nos inspira interiormente para hacer el bien y nos da la fuerza para seguir, por eso ¡es justo que dirijamos a Él toda gloria que podamos recibir por nuestras buenas obras!