Sapos espirituales: harto de ser bueno

Vienes de una familia católica. Siempre fuiste un niño bastante bueno. Tal vez eras un poco travieso, o luchabas contra el mal carácter, pero tenías buen corazón. A veces, cuando nadie te miraba, hablabas con Jesús y María en tu corazón. Pero… empezaste a crecer y ocurrió algo inexplicable. Te cansaste de ser bueno. Eres como un sapo. Buscas moradas oscuras y húmedas, lejos del resplandor del sol.

Se dice que la hermana de Santo Tomás de Aquino le preguntó una vez a este cuál era la clave de la santidad. Podemos entender aquí la santidad como el alcanzar las alturas de la bondad, que es participar en la bondad de Dios. Él respondió: "Quererla". Me imagino que la joven se sintió decepcionada con esta respuesta tan contundente, al menos al principio. Yo también lo estaba cuando escuché la historia. Sin embargo, a menudo subestimamos el papel de una voluntad decidida y fortalecida por la gracia en la búsqueda de la santidad. Santa Teresa de Ávila, en su autobiografía, nos recuerda la importancia de encender en nuestra alma un intenso deseo de santidad: "Si nos esforzamos continuamente en ello, poco a poco, llegaremos, aunque no de una vez, a aquella altura que muchos santos por su gracia han alcanzado. Su Majestad busca y ama las almas valientes..." (Cap. 13).

Si la clave para alcanzar la santidad es quererla -colaborando con la gracia de Dios, especificaría Santo Tomás; y poniendo nuestra confianza en Dios mientras caminamos con humildad, añadiría Santa Teresa-, tiene sentido que el mayor obstáculo para alcanzar la santidad sea no quererla. Si es así, hartarse de ser bueno es realmente lo peor que te puede pasar.

Es relativamente fácil ayudar a alguien que se esfuerza por superar un determinado pecado, vicio o imperfección. Es difícil, pero posible, ayudar a alguien que quiere superar abundantes pecados, vicios e imperfecciones. Pero ¿qué hacer con un joven que simplemente está harto de ser bueno? ¿Qué hacer si ese joven es uno de tus amigos? ¿Y si eres tú?

Podemos empezar preguntándonos el porqué. Conocer las causas de un problema es un paso fundamental para encontrar una solución.

1. Tu carne te arrastra. Ser bueno requiere hacer esfuerzos. Hacer esfuerzos constantes puede ser agotador. Si no te paras a reflexionar sobre tu comportamiento y a dónde te puede llevar, es fácil que pongas excusas y empieces a dejar que tu carne te arrastre. Dejas de levantarte a tiempo por las mañanas. Pasas cada vez más tiempo en el sofá usando el móvil o viendo la tele. Tu sensualidad comienza a dominarte y buscas gratificaciones instantáneas. 

2. El mundo te atrae. Te preocupa tu imagen. ¿Qué van a pensar mis amigos si se enteran de que soy "tan católico"? ¿Cómo voy a hacer amigos si niego a hacer todo lo que ellos hacen? Empiezas por justificar el comportamiento de tus amigos, pensando que no es para tanto. Solo voy a salir con ellos... Luego acabas cayendo en lo mismo. Descubres lo guapo que eres y empiezas a presumir de tu belleza. O descubres lo feo que eres y te obsesionas con tapar tu supuesta fealdad.

3. El diablo te tienta. Se aprovecha de estas debilidades para separarte de Dios. Apaga la mecha de tu amor por Dios y tu deseo de bondad. ¿Cómo? Depende de cuáles sean tus debilidades. A algunos los bombardea con los placeres de la carne y los reconocimientos del mundo. A otros los convence de que la bondad y el amor son bonitos ideales que no tienen cabida en el "mundo real". Encadena a las almas en sus vicios y luego intenta persuadirlas de que Dios no es lo suficientemente misericordioso como para perdonar pecados tan graves. Susurra dudas sobre la verdad de la fe católica o la existencia de Dios mismo.

¿Te resulta familiar? Estos son los tres enemigos del alma. El problema es que si el diablo ha tenido tanto éxito como para provocar que te hartes de ser bueno, sólo hay dos soluciones posibles: 1) que Dios mismo irrumpa en tu vida y te conceda una intensa y repentina gracia de conversión; 2) que Dios te inspire delicadamente el deseo, aunque sea muy débil, de cambiar. Si recibes esa "delicada inspiración" con un corazón abierto y tienes una gran confianza en Dios, Él triunfará en ti. Estas gracias pueden ser directas, pero también pueden ser indirectas, escuchando la Palabra de Dios, por ejemplo -quizás mientras te obligan a ir a Misa- o teniendo una conversación con un buen amigo o familiar que realmente "te hace pensar".

Si tu deseo de ser bueno es escaso o inexistente, abre tu corazón a Dios y ruega que te enseñe a amarlo. ¡Estás llamado a ser mucho más que un sapo! Haz actos concretos de entrega a Él y a su voluntad. Pide a la Virgen María que te proteja bajo su manto. Abre tu alma a un buen director espiritual. ¡La confesión y la comunión frecuentes son fundamentales en esta batalla! Como sugería Santa Teresa, haz esfuerzos continuos, poco a poco, no sólo para ser bueno, sino para alcanzar la santidad. ¡Confía en que Él triunfará en ti!