Volver a lo esencial

El otro día tuve una conversación con un par de chicas de trece años sobre la homosexualidad y la enseñanza de la Iglesia. A pesar de haber crecido todas en buenas familias católicas, algunas de ellas tenían muchas dudas y otras habían rechazado conscientemente lo que decía la Iglesia. Según iba tratando de razonar con ellas, me di cuenta de dos cosas sobre al menos una de estas chicas (llamémosla Sara). 

Lo primero, es que ella no estaba interesada en entender lo que le estaba intentando explicar. No estaba escuchando realmente; solo quería crear polémica. Lo segundo, y más importante, su “dificultad” en comprender fue mucho mayor de lo que sospechaba al principio. Puede que ella solo quisiera polémica, pero yo realmente quería ayudarla. Mientras, seguía repitiendo frases que había escuchado: «Todo el mundo tiene derecho a amar a quien quiera…», «Si tienes un sueño, tienes que seguirlo hasta el final, sin importar lo que pase…» Empecé a ver dónde estaba realmente su problema. 

«¡Sara!» la interrumpí gritando, y ella me miró indignada. Miré calmadamente a sus ojos y le pregunté: «¿hay bien y mal?»

Ella por supuesto, no bajó la mirada. «¿A qué te refieres?» me preguntó.

«¿Hay acciones que sean malas y otras que sean buenas?»

Ella me miró con recelo, sospechando que su respuesta a mi pregunta podía arruinar su argumento. 

Respondió con confianza: «¡Eso no tiene nada que ver con esto!»

Pero insistí: «Realmente, sí que tiene que ver. Si tu respuesta es que no, esta conversación es inútil».

Se quedó pensando un minuto y dijo: «Bueno… no lo sé».

Si Sara hubiera sido más honesta, habría dicho que sí.  ¿Por qué? Lo primero, ella me había estado recriminando todo el tiempo por ser muy crítica, y lo segundo, porque ella argumentaba que debemos seguir a nuestro corazón. Eso significa que Sara sostiene que juzgar las acciones de otra persona es en sí una acción mala, mientras que seguir los sentimientos de uno mismo, es una acción buena.

«Si no sabes si hay bien y mal, entonces antes de estar tan seguro en tus opiniones, puede que necesites reflexionar más». Sara insistía en que mis preguntas teóricas no importaban, y que el asunto era mucho más simple, y repetía que nadie puede decirle a los demás a quién deben amar. Ella claramente no quería pensar. Pero una conversación sobre las acciones humanas buenas y malas con alguien que no sabe si existe el bien y el mal no tiene sentido. 

Llegó otra chica a nuestra conversación; llamémosla Laura. Al principio ella dijo que estaba totalmente en contra de la homosexualidad y encontraba todo el tema repugnante. Sara es la típica adolescente, pero Laura, no está mucho mejor. Ninguna de las dos estaba realmente pensando. Las dos se estaban dejando llevar por sus sentimientos: Sara por sus sentimientos de lástima, y Laura por su repugnancia natural por las relaciones sexuales no naturales.

Aunque, muchos cristianos dirían que Laura está más cerca de la verdad, tiene dos peligros: uno es que su repugnancia natural podría hacerla juzgar y odiar a los homosexuales, o dos, puede acostumbrarse a la realidad de la homosexualidad en la sociedad y terminará estando de acuerdo con Sara, porque no tiene argumentos sólidos. El segundo peligro es en realidad lo que pasó justo delante de mis ojos. «Ahora, estoy confundida con todo esto», se quejó Laura. Solo unas cuantas frases pegadizas respaldan la legitimidad de las relaciones homosexuales, y una niña que nunca había dudado de la doctrina de la Iglesia, comenzó a dudar.

Sin ir más allá de cómo fue nuestra conversación, esta nos dio luz de cómo están los adolescentes hoy en día y la importancia de una buena formación en estos temas. Puede que unas generaciones atrás, el «¿No es eso obvio?» era suficiente para convencer a alguien que los matrimonios del mismo sexo no son fructíferos para la sociedad. Pero hoy, eso no es suficiente. Al trabajar con quienes entienden el sentido común de la verdad pero no saben por qué, debemos esforzarnos en darles una formación sólida, mientras les ayudamos a amar y estar abiertos a todo. 

El Catecismo de la Iglesia Católica, números 2357 – 2359, es un buen comienzo. Y con aquellos a los que el mundo ha lavado el cerebro, tenemos que volver a lo esencial. 

¿Hay bien y mal o todo es relativo? ¿La bondad o maldad de un acto depende de los sentimientos o hay una medida objetiva? Si todo es relativo, ¿por qué me recriminas por ser crítico? ¿Por qué piensas que ser crítico es malo? ¿Realmente estoy siendo crítico? ¿Cómo lo sabes? Preguntas como estas pueden ayudar a empezar una reflexión sobre estos temas.