Responde una “monja del milenio”

Como “monja del milenio”, me gustaría contestar al artículo “Ahí están: las monjas del milenio” escrito por Eve Fairbanks y publicado en Huffington Post. La “generación del milenio” es la generación nacida entre 1990 y 2010. Según parece, numerosos estudios, sondeos y estadísticas demuestran que destacamos por nuestro egoísmo y depresión. Fairbanks es una joven periodista americana que vive en Sudáfrica. Declara que el cambio le fascina. En su artículo, indaga sobre un cambio inesperado en la sociedad americana: actualmente, el porcentaje de jóvenes que escogen la vida religiosa es mucho mayor que hace diez años. Sitúa este cambio de la sociedad en el contexto más amplio de un movimiento en los jóvenes hacia una actitud de apertura a Dios y a los valores tradicionales. 

Quisiera exponer ciertas percepciones profundas de la autora, pero también criticar algunos aspectos centrales de su presentación y conclusión. Sostengo que, aunque los cambios sociales que presenta pueden explicar el hecho de que haya una mayor sed de Dios y de verdad en nuestra generación y quizá también una apertura a la posibilidad de una vocación religiosa, de ningún modo son una explicación a nuestra convicción de la existencia de Dios o de la vocación misma, que es lo que parece sugerir Fairbanks. Aunque de raza judía, el modo de razonar de la periodista es concienzudamente profano y, por tanto, totalmente reduccionista en su visión del catolicismo y de la vida religiosa.

Podemos empezar por la descripción que Fairbanks hace de mi generación. En teoría, la “generación del milenio” tenía que ser una prueba de que “democracia y sociedad americana eran, en efecto, lo más grande que haya nunca existido; una vez despejadas las antiguas supersticiones, reinaban la tecnología, la ciencia y las finanzas; las mayores amenazas políticas habían caído y nuestra hegemonía parecía completa”. Sin embargo, Fairbanks admite que “nada de esto era verdad. La burbuja tecnológica explotó. Vino el 11-S, y la crisis financiera, y la ‘elección sorpresa’ de un magnate de show televisivo como presidente, todas ellas cosas que debilitaron nuestra fe en la bondad del mundo y en nuestra comprensión y control de las cosas”. La periodista presenta un diálogo suyo con un profesor de instituto, quien señala que muchos estudiantes supuestamente competentes y sobresalientes dudan de si alguna vez han hecho algo que tenga realmente profundidad. “El nivel de ansiedad y tristeza que tienen estos chavales no creo que podamos llegar a entenderlo”, comenta el profesor. La generación que debía ser la prueba de la supremacía de Estados Unidos ha terminado por ser más débil y estar más herida que nunca. Habiendo experimentado la decepción en la vida (a pesar del éxito) y el vacío (a pesar de una vida social intensa), la “generación del milenio” tiene sed de amor, plenitud y seguridad con más avidez que otras generaciones. La idea de ser amados incondicionalmente y llamados a la grandeza por un Dios bueno y eterno no solo suena renovadora, sino profundamente atractiva e incluso necesaria para “los del milenio”.

Un indicador de este giro hacia Dios y hacia las verdades definitivas es el alto porcentaje de jóvenes que entran de monjas. Fairbanks considera algunos hechos sorprendentes. En 2009, en Estados Unidos había más religiosas por encima de los 90 años que por debajo de los 60. Ahora resulta lo contrario. El mismo año, la edad media para entrar de religiosa era 40 años. Ahora, en 2019, es 24. Estas “nuevas” religiosas tienden a ser conservadoras desde el punto de vista doctrinal, mucho más que hace solo 10 ó 20 años. Además entran en conventos “que las obligan a llevar hábito”, según Fairbanks. Ven la castidad no solo como un modo de tener más tiempo libre para hacer obras buenas -cual parece ser la visión de monjas americanas más longevas- sino como algo sacro en sí mismo. Fairbanks expone la explicación que las mismas jóvenes hacen de su llamada (la mayoría de las veces en un momento de oración) pero al mismo tiempo sugiere que lo que mueve a las jóvenes a entrar en un convento es la sed de estabilidad y autenticidad, tan ansiadas por “los del milenio”.

Cuando Fairbanks mencionó en su artículo que su padre fue un lector entusiasta de Nietzsche, las piezas empezaron a encajar en mi mente. La autora consigue articular una feroz y rigurosa crítica del consumismo americano y demuestra cuán destructivo es. Esboza un verdadero retrato de la sed de sentido, estabilidad, verdad y de Dios de mi generación. Sin embargo, hay algo esencialmente erróneo en su explicación de este cambio. Básicamente, ve nuestra sed de Dios y nuestra apertura a la vida religiosa como una debilidad deplorable, un triste e inevitable efecto de nuestras psicologías heridas. La crítica del cristianismo y de los ideales cristianos de Nietzsche fluye discretamente por todo el artículo.

En un principio, quería argumentar contra Fairbanks que en la vida religiosa no se trata de ser controlado, sino de verdadera libertad. Pobreza, castidad y obediencia no son en absoluto una cárcel opresiva, sino la clave del amor auténtico y de la unión con Dios para los llamados a la vida religiosa. Sin embargo, esos argumentos se habrían quedado cortos. El desconocimiento de la vida religiosa de Fairbanks es mucho más profundo. En un cierto sentido, se reduce a dos cuestiones; primera: ¿nos creó Dios a su imagen o creamos nosotros a Dios a nuestra imagen, como sostenía Feuerbach? Parece que se inclina a la posición de Feuerbach, lo que explica por qué tiene que apuntar a una psicología herida como la única causa razonable para la fe. Y segundo: ¿quién es Jesucristo? Si es el Hijo de Dios -nacido en la pobreza en Belén, obediente hasta la muerte y una muerte en cruz, enteramente dedicado a predicar el reino de Dios y que llamaba a otros a dejar atrás todo y a todos para seguirle- la vida religiosa tiene sentido. Si no es así, no lo tiene. Dejar todo atrás para dedicar tu vida a Cristo solo tiene sentido si Cristo es Dios. Sin fe, la vida religiosa es incomprensible.

No hemos de olvidar que la aparente debilidad de Cristo en la cruz trajo la redención de la humanidad. Es precisamente esta debilidad y humildad lo que Nietzsche ridiculiza. No debería sorprender que la decisión de seguirle ofreciendo la propia vida como sacrificio en unión con el suyo también es visto como debilidad. No obstante, los que abrazamos la vida religiosa -el modo de vida de Cristo- podemos testificar el hecho de que, en realidad, requiere una fuerza interior que va mucho más allá de nuestra mera capacidad humana, es una gracia que solo Dios puede otorgar.

La información que presenta Fairbanks sobre el incremento de las vocaciones a la vida religiosa femenina nos debería llenar de alegría: cada vez más, las jóvenes están abriendo sus corazones a Cristo y entregándole sus vidas. El hecho de que esta información haya captado la atención de la prensa es sorprendente, pero no debería ser visto como una victoria. Como hemos comprobado, aunque Fairbanks escribe con sinceridad y respeto, zarandea los fundamentos del cristianismo al intentar racionalizar este cambio en la sociedad. Solo Dios puede ser la causa de la sed de verdad que experimenta la “generación del milenio”. Las heridas que nos ha infligido la sociedad han intensificado esa sed, pero no la han creado. Dondequiera que los corazones humanos busquen verdad y estabilidad, están buscando a Dios que nos creó. Lo que es verdadero para nuestra generación era tan verdadero hace más de 1500 años cuando S. Agustín escribió en sus Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Lib 1,1-2,2.5,5: CSEL 33, 1-5).