¿Cómo de bueno debo ser?

Nadie se sorprendería seriamente si escuchase a una monja dar una charla sobre el pecado y el infierno. Puede que unos se molesten, puede que a otros les parezca bien, pero a ninguno le sorprendería demasiado.

Lo que sí que es soprendente es que cuando una monja intenta hablar a unos jóvenes acerca de amar a Dios con todo el corazón y de confiar plenamente en Él, la reacción de estos sea querer categorizar los distintos pecados.

Cuanto más les intentaba mostrar que valía más la pena amar a Dios por encima de todo, más se interesaban ellos en categorizar la gravedad de ciertos pecados, sobre todo en cuanto a si este o aquel pecado merecía el infierno. Intenté aclararles lo que pude y los insté a que hablaran con sus confesores acerca del tema, pero, inevitablemente, la conversación volvía sobre el mismo punto. Sus objeciones eran de este estilo: "Vamos, hermana, no me puede decir que no debo salir de fiesta. No iré al infierno por ello, ¿verdad?".

¡Pero si ni siquiera estaba hablando de salir de fiesta o del infierno!

Tras superar mi frustración inicial me di cuenta de que su reacción tenía su aquel. En primer lugar, se notaba que estaban dispuestos a ser sinceros y a no ocultar sus dudas, lo cual es importante. En segundo lugar, eran capaces de apreciar que el amor es operativo. Uno no puede empezar a amar a alguien y seguir siendo el mismo que antes. Amar a Cristo implica necesariamente cambiar de vida. Y, ¿qué es lo que tiene que cambiar en nuestras vidas? El primer paso es renunciar al pecado. En el fondo, estos chicos tenían el deseo de dejar atrás el pecado, pero pretendían hacerlo con el mínimo esfuerzo posible. Creo que fue esto lo que más me frustró de nuestra breve conversación.

Quizá la raíz del problema consistía en que carecían de la motivación primera —el amor. Habían entendido que amar implica cambiar, pero no habían tomado la decisión de dejarse amar por Cristo y de corresponder a su amor. A lo mejor les daba miedo dejar que Él les amara, de modo que intentaban saltarse ese paso y empezar por cambiar sus vidas, rigiéndose siempre por la ley de mínimos.

Es una postura peligrosa. Caer en la trampa de saltarse el amor verdadero de Dios puede conducir a una de estas situaciones:

1) sin el amor de Dios es imposible perseverar en el bien, y la persona acabará por acallar su conciencia y volver a caer en el pecado.

2) Mientras consiga mantener el pecado a raya, esto le parecerá un ejercicio arduo y, en último término, carente de sentido. Odiará su conciencia, porque no le permite hacer lo que de verdad quiere.

En cualquiera de los dos casos será un infeliz. Y la segunda situación siempre termina desembocando en la primera. Sin el amor de Dios no es difícil, sino imposible perseverar en el bien.

Así que todo lo que puedo recomendarte a ti, lector, es que seas valiente y te dejes amar por Cristo. Tu amor por Él no podrá hacer más que crecer. No tendrás que reprimir ningún deseo, porque Él mismo transformará tu corazón. A medida que vayas creciendo en virtud, perseverar en el bien ya no será una carga. ¡Añorarás dejar atrás todo lo que te separe de Él! Será difícil, pero valdrá la pena. Lo que te espera es la verdadera felicidad en vida y luego por toda la eternidad.