¿Cuánto es demasiado lejos?

Tanto yo como muchos de mis amigos más cercanos estábamos siempre dispuestos a defender la castidad hasta el matrimonio en el instituto. Diría que lo hacíamos a pesar de que los demás nos ridiculizaban, pero, pensándolo honestamente, la verdad es que nadie nos ridiculizó por ello. Éramos capaces de comunicar, aunque pobremente, que hay algo precioso y deseable, y hasta necesario, en vivir la castidad antes del matrimonio.

Pasó el tiempo y muchos de estos chicos jóvenes se enamoraron y empezaron a hablar de que vivir en castidad les había enseñado a amar a una mujer sin usarla, a ser disciplinado, a amarla por lo que ella es y no por lo que pudiera darle. Y todo les fue bien durante el primer año de noviazgo después del instituto. En el segundo año, dejaron de hablar tanto sobre la castidad… Y el tercer año dejaron de vivir en castidad. No puedo evitar preguntarme qué pasó. ¿Es que cambiaron de opinión? ¿Les dejó de importar? ¿O es que, simplemente, es imposible vivir en castidad? Sé que no puedo juzgarles, pero empecé a reflexionar sobre esto porque sé que el caso de mis amigos no es el único.

Uno de los principales problemas es que, si empiezas a amar a tu novio o a novia con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas; es decir, si le das un amor que debe estar reservado solo a Dios, entonces tu relación con Dios se debilita y, por tanto, también se debilita su gracia en ti. Al hacerse más débil tu relación con Dios, lo que empezó siendo una defensa de la castidad hasta el matrimonio acaba siendo una defensa de la castidad hasta que la relación sea seria. ¿Por qué? De repente la importancia del sacramento del matrimonio desaparece, porque Dios ya no está en tu lista de prioridades, y lo único que importa es la promesa de amor hasta el final entre vosotros. Se quita a Dios y, con Él, también el sacramento del matrimonio. Si has tirado fuera del cuadro a Dios, Él no te forzará a que le vuelvas a meter dentro.

Pero este proceso no ocurre de un día a otro. La excusa de una “relación definitiva”, probablemente, es como una ocurrencia tardía. Es un proceso de dejarse caer lentamente hacia la dirección equivocada y, poco a poco, convencerse a uno mismo de tener suficiente fuerza para no caer más. Mucha gente joven se pregunta: “¿Hasta dónde puedo llegar con mi novio o novia sin que sea pecado?". Antes que nada, te voy a dar un ejemplo de algo que está “demasiado lejos”, y después voy a explicar por qué la pregunta tiene fallos y es totalmente problemática en sí misma. Besuquearte con tu novio no puede conducir a la castidad a largo plazo. Es una muy mala idea, hasta el punto de que muchos autores espirituales lo consideran pecado mortal. Puede que tengas fuerza suficiente el primer año, como la tuvieron mis amigos, pero muchas veces parece como que las cosas se desmoronan. Los besos prolongados llevan a la intimidad física propia del matrimonio.

Esta es una respuesta a un nivel básico, pues se trata de una guía sólida que puede resultar chocante a muchas personas. Pero la pregunta en sí misma, “¿Cuánto es demasiado lejos?”, es problemática. Revela que estás viendo tu libertad en la medida en que se opone a la de Dios, e intentas buscar el punto exacto en que ambas libertades se enfrenten, formando una obligación impuesta por Dios. Quieres ir lo más lejos que puedas sin cometer un pecado. Esta es una visión distorsionada de tu libertad y de la voluntad de Dios. La vida cristiana consiste en que el Espíritu Santo habita en el alma del que cree; su gracia crece en ti y te va formando, llevándote por este camino a la unión con Cristo en la madurez de la libertad. Él no te pide “demasiado”, porque es Él quien trabaja contigo, dándote la fuerza para ser fiel. La forma en que te relacionas con tu novio o novia debe estar basada en la transformación hecha por el Espíritu Santo que tiene lugar en ti, y no buscando el límite hasta el que puedo llegar sin cometer un pecado mortal, confiando solo en tus propias fuerzas.

Puede que seas capaz de defender la castidad intelectualmente. Pero, si no dejas que la gracia del Espíritu Santo te haga crecer, uniendo tu mente y tu corazón a Cristo, fácilmente terminarás cayendo en aquellos pecados que querías evitar. A lo mejor es porque has hecho de tu novio o novia un ídolo; o a lo mejor estabas buscando el punto justo antes del “demasiado lejos”, por lo que acabaste cayendo por el precipicio. Estas son las preguntas que realmente deberías hacerte: ¿Cómo puedo ayudar a mi novio o novia a acercarse a Cristo? ¿Compartimos lo mismos valores? ¿Cómo podemos conocernos mejor? ¿Cómo podemos crecer juntos en el amor a Dios?

¿Quieres que te dé un consejo? Lleva esto a la oración. Confiésate con frecuencia. Habla con tu director espiritual. Confía en el poder de la gracia de Cristo para transformarte interiormente.