La existencia de Dios frente a los patos invisibles

El otro día noté algo extraño. Un amigo mío me estaba contando una historia sobre su experiencia en un avión. Él empezó una conversación con unos cuantos estudiantes universitarios y, como llevaba una cruz, acabaron discutiendo sobre la existencia de Dios. La conversación era bastante normal al principio y ellos le preguntaban. Sin embargo, en cuanto él expuso lo que creía y por qué, su curiosidad se convirtió lenta y peligrosamente en enfado. Mientras sus voces se iban alzando, su vocabulario se volvió más violento y la conversación terminó cuando él se dio cuenta de que era inútil; sus corazones estaban endurecidos.

Las frases que emplean son típicas de fervientes relativistas, si no en las palabras, ciertamente en los pensamientos: “Mira, yo no creo en tu Dios, ¿vale?”. “¡Estoy harto de que todos intenten hacerme tragar su religión!”. “¿Por qué te guardas tu religión para ti?”.

Cuando pienso en esta historia, esto es lo que me resulta extraño: imagina la reacción que hubieran tenido esos estudiantes si mi amigo hubiera dicho: “Creo que hay un pato invisible y mágico flotando a mi lado y me guía a lo largo del día”. Dudo que hubieran dicho con resentimiento: “Mira, yo no creo en tu pato, ¿vale?”.

¿Qué es, entonces, el Dios cristiano, para poder generar reacciones violentas (externas e internas) en los relativistas? Quizá tenga que ver con el hecho de que, a diferencia el pato mágico, Dios exige cosas muy difíciles de nosotros, y que la sociedad que los atiende y la filosofía que se tragan, les ha convencido de que eso no es sólo difícil, sino también malo.

¿Qué es lo que Dios exige de nosotros? ¿Qué hace las cosas tan difíciles? ¿Por qué esas exigencias podrían ser vistas como algo malo? Aquí es donde entra nuestra responsabilidad. Lo que Dios exige de nosotros es amor. Y es muy difícil amar. Él pide de nosotros un amor que sea puro, un amor que no esté mezclado con otras cosas, como el orgullo, la ambición, la lujuria, etc.; y un amor que sea total, dispuesto a dar cualquier cosa o a darlo todo. Ese amor es la base de todas las “exigencias” y “mandamientos” de Dios. Ese amor es el que hace a esos mandamientos tan bonitos y tan difíciles.

Digo que nuestra responsabilidad entra aquí, porque, si nuestros argumentos no les convencen, con la gracia de Dios, quizá nuestro amor pueda hacerlo.

Santa Catalina de Siena decía que, si somos lo que tenemos que ser -si amamos como tenemos que amar-, prenderemos fuego al mundo.