Cualquier cosa... menos el whisky

El arquitecto mejicano Bosco Gutiérrez, un católico auténtico, fue secuestrado en agosto de 1990 y le encerraron en un zulo minúsculo durante nueve meses. Allí le quitaron su ropa y sus pertenencias, sin que pudiera ver, en ningún momento, una cara humana, ni escuchar una voz, aunque sí que le hacían oír constantemente una cinta de casete de unos treinta minutos que se repetía una y otra vez. Solo tenía derecho a tres comidas diarias, un libro, un cubo de agua al día y poco más.

Nada más llegar, los secuestradores, que siempre iban encapuchados, le dieron folio con preguntas sobre su familia: los datos del colegio de sus hijos, la dirección de la peluquería de su mujer, etc. En un primer momento, se negó a responder, pero sus secuestradores le escribieron -siempre se comunicaban con él por escrito- advirtiéndole que si no respondía, no empezarían el proceso de rescate. Decían que estaban dispuestos a esperar días, semanas o meses, y que también podían conseguir la información ellos mismos. Entonces, Bosco, finalmente, se rindió. Reveló la información que le pedían sobre su familia y pronto cayó en una depresión. Le parecía que había traicionado a su propia familia y se sintió despreciable, por lo que se puso en posición fetal, dejándose morir. Estuvo así durante un par de semanas.

Esto, por supuesto, era un problema para los secuestradores. Si querían conseguir dinero, necesitaban mantenerlo con vida. Por eso, el día de la fiesta de la Independencia de Méjico, con la esperanza de hacerle revivir, los captores le pasaron una nota en la que le ofrecían lo que él quisiera. Él pidió un vaso su whisky preferido. Cuando los secuestradores se fueron, él empezó a dudar de que se lo fuesen a llevar realmente. Y pensó: “Si no me traen el whisky, creo que me muero”. En ese momento, el whisky se convirtió en su única obsesión.

Después de un rato se abrió la ventana y los encapuchados le acercaron el vaso. Él estaba eufórico. Arrastró su cuerpo esquelético y atrofiado hasta la ventana, cogió el vaso y gateó de vuelta hacia su rincón, con cuidado de no derramar el whisky. Estaba absolutamente convencido de que eso le devolvería la vida. Acarició su cara, sucia y sin afeitar, con el vaso, oliendo el whisky una y otra vez, esperando el momento de saborear hasta la última gota. “Ahora sí que merece la pena vivir”, pensó para sí.

De repente, sintió un sobresalto interior:

— Bosco, dame el whisky.

— ¿Qué? ¿El whisky? ¡Cualquier cosa... menos el whisky! Te ofrezco estar separado de mi familia; estar encerrado en esta celda, teniendo que comer la repugnante comida que me dan, teniendo que estar desnudo, sin ver ningún rostro humano; te ofrezco toda esta situación, ¡pero déjame tomarme mi whisky!

— Bosco, dame algo que tú puedas decidir hacer por ti mismo. Dame el whisky.

— Dios, tú no puedes pedirme el whisky. Eso no es justo. Tú no puedes pedirme la única alegría, el único placer, la única razón para seguir viviendo. Todo lo que quieras, pero no el whisky.

Pero el Señor no cejó en su petición. Y mientras Bosco consideraba esta “abusiva” petición de Dios, comenzó a pensar menos como un animal y más como un hombre, un hombre cristiano. Toda su ira amarga se empezó a calmar. Tomó el vaso de whisky y lo vertió hasta la última gota por lo que hacía de servicio en una esquina de la parte de atrás del zulo. Y se derrumbó exhausto, pero victorioso.

Esa decisión, la decisión de responder a aquella petición de Dios, aparentemente abusiva, le salvó la vida. Desde ese momento, de alguna manera, recobró su dignidad de ser humano; se dio cuenta -o Dios se lo mostró- de que era libre, a pesar de estar encerrado entre cuatro paredes.

Se hizo un horario, midiendo el tiempo con la cinta que sonaba constantemente a lo largo del día, distribuyéndolo en 8 horas de sueño y 16 horas de actividad. Tenía su tiempo para la oración, lectura espiritual (pidió que le dejaran una Biblia), ejercicio físico (3 horas cada tarde), Rosario, Misa (haciendo una comunión espiritual), sus tres comidas diarias, etc. De esta manera, no solo sobrevivió durante los 9 meses de secuestro, sino que cuando pudo escaparse estaba física, espiritual y psicológicamente mejor que nunca.

¿Qué es tu “whisky”? ¿Qué es lo que escondes detrás de la espalda, sujeto entre tus manos cerradas, cuando te presentas delante de Dios? ¿Cuál es la petición “abusiva” que Dios te hace a ti? ¿Es tu grupo de amigos superficiales? ¿Es tu obsesión por un deporte u otra actividad? ¿Es la imagen que tienes de ti mismo o tu forma de vestir? O quizá te esté pidiendo que aceptes una enfermedad o la muerte de un ser querido...

Tenemos dos opciones ante las peticiones “abusivas” de Dios: endurecer nuestro corazón en la ira y la amargura, negándonos a reconocer la bondad de Dios y nuestras limitaciones; o rendirnos, entregarnos a Él, aunque no comprendamos totalmente, confiando en que Dios nos ama y que, cuando nos pide algo, lo hace buscando nuestro bien y nuestra salvación.

Confía en Él. Dale todo lo que te pida, aunque tengas que hacerlo con lágrimas en los ojos. Merece la pena, porque Él sabe lo que pide y entiende más que nosotros. En realidad, nosotros vemos sus peticiones como abusivas porque tenemos una idea equivocada sobre quién es Dios. Su amor va más allá de nuestro entendimiento. Todo lo que Él hace y pide es por amor, incluso cuando permite que suframos... Puede que esa petición aparentemente abusiva salve tu vida para siempre.