Santos sobre hielo

Mi primer amor fue el patinaje artístico. A los dos años y medio, ya sabía los nombres de todas las patinadoras artísticas famosas en el mundo, incluso nombres rusos difíciles. Mi favorita era Kristi Yamaguchi. Incluso posaba como ella para las fotos.

Mi madre me grabó el Campeonato Mundial de Patinaje Artístico de 1991 y lo vi una y otra vez. La competición fue memorable en muchos aspectos, pero un episodio que recuerdo especialmente fue el de Surya Bonaly. Esta competidora mundial de patinaje artístico era una joven de Francia. Su madre, que luego se convirtió en su entrenadora, la había adoptado de África. Era más poderosa e impresionante que la imagen elegante que la gente tiene de las patinadoras artísticas. En una de sus rutinas, realizó perfectamente un triple axel, uno de los saltos más difíciles de clavar. Sin embargo, se emocionó tanto con su hazaña que se tropezó mientras saltaba de alegría. Obviamente, no ganó.

Este episodio puede hacernos pensar en algo que nos pasa en la vida real: cuando hacemos algo bueno, empezamos a darnos palmaditas en la espalda enseguida. Nos sentimos tan orgullosos de nosotros mismos, que acabamos cayendo en el peor defecto posible: la soberbia. Dos signos de soberbia son mirar por encima del hombro a otras personas o desanimarse (porque aprendemos a través de la experiencia que no somos tan impresionantes como pensábamos). San Pablo advierte: «Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer» (1 Cor 10,12).

¿Qué podemos hacer para ser más humildes? En primer lugar, podemos aceptar con calma nuestras faltas. Cuando la vida nos enseña a no poner tanta confianza en nosotros mismos, en nuestra fuerza, en nuestro éxito, en nuestra buena apariencia, etc., necesitamos encontrar una nueva razón o inspiración para construir nuestra vida. La gente necesita poner su confianza en algo. Igual que cuando no hay nadie en el poder, se crea un «vacío político», que significa que alguien, sin falta, va a venir a ocupar ese puesto en el gobierno. De la misma manera, nuestro corazón debe estar lleno de confianza. Lo mejor que podemos hacer es confiar en Dios y en la Virgen. San Pablo continúa: «Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla» (1 Cor 10,13). ¿Por qué está bien tener un «abandono salvaje» a tus pasiones y sin embargo está mal visto o malentendido tener ese mismo "abandono salvaje" cuando te entregas a Dios y confías en Él completamente? «Vuestra fuerza está en confiar» (Isaías 30,15).

Otra cosa que aprendí del patinaje artístico fue ver cómo tengo que dejar de lado mis miedos en la vida. No puedo dejar que me detengan. Hay un tipo de miedo bueno que te hace parar y pensar antes de actuar, preguntándote si lo que quieres hacer es una buena idea o no y si es la mejor manera de conseguir lo que realmente quieres en la vida. Sin embargo, hay un tipo de miedo que paraliza. Dios no quiere eso para nosotros. Él es un Padre bueno y quiere lo mejor. Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Juan 10,10).

Aprendí cómo el miedo puede paralizarte y robarte muchas oportunidades en la vida cuando intenté aprender a patinar sobre hielo por primera vez. Debía tener unos 4 años. Mis padres me llevaron a una pista de patinaje local y recuerdo que había un montón de gente de todas edades. Los responsables nos pidieron a todos que formáramos círculos más pequeños y que patinásemos en círculos. Yo empecé, pero me caí una y otra vez, así que volví a las tablas y me aferré a ellas para salvar mi vida. Uno de los jóvenes entrenadores se acercó y se ofreció a ayudarme. Sin embargo, tenía tanto miedo que no dejé que el joven me ayudara. Al final, mis padres tuvieron que llevarme a casa antes de que terminara mi primera lección, y mi brillante carrera de patinaje artístico terminó incluso antes de empezar.

La vida funciona de una manera similar. Dios nos llama a cosas grandes. Es como dijo San Pablo, los atletas sufren todo tipo de dolor para alcanzar su meta («Sin dolor no hay gloria», ¿a alguien le suena?), superando obstáculos y miedos. Dijo: «¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita» (1 Cor 9,24-25). Lo mismo tenemos que hacer en el plan que Dios tiene para nosotros, al convertirnos en santos, escuchando su voz en nuestra vida y haciendo lo que Él nos pide. La grandeza, el gran amor, es exigente. San Juan Pablo II lo dijo directamente a los jóvenes:

«El amor verdadero es exigente. No cumpliría mi misión si no os lo hubiera dicho con toda claridad. Porque fue Jesús —nuestro mismo Jesús— quien dijo: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando» (Jn 15,14). El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa disciplina y sacrificio, pero significa también alegría y realización humana.

Queridos jóvenes, no tengáis miedo a un esfuerzo y trabajo honestos; no tengáis miedo a la verdad. Con la ayuda de Cristo y a través de la oración, podéis responder a su llamada, resistiendo a las tentaciones, a los entusiasmos pasajeros y a toda forma de manipulación de masas. Abrid vuestros corazones a este Cristo del Evangelio, a su amor, a su verdad, a su alegría. ¡No os vayáis tristes!». ¡Y no te vayas con miedo, como un cobarde!

Tenemos que aprender a tener un corazón audaz. Muchas veces no sabemos a dónde ir o a quién acudir en la búsqueda de ayuda. La Virgen siempre está ahí, dispuesta a tendernos la mano y a ayudarnos a aprender a vivir. Sólo tenemos que dejar de lado nuestros miedos, tomar su mano y seguir adelante. Como le dijo la madre de la Madre Teresa cuando dejó Albania para ir a la India: Mete la mano en la suya y camina sola con Él. Cuando aprendamos que nunca estamos solos, es cuando empezaremos a perder el miedo o, al menos, a superarlo con calma. 

«Santa María es —así la invoca la Iglesia— la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia» (San Josemaría Escrivá).