¿Por qué tantas normas?

A primera vista, o mejor dicho, según  la imagen que nuestra sociedad ofrece, el catolicismo parece estar lleno de normas y prohibiciones: los diez mandamientos, los preceptos de la Iglesia y toda clase de obligaciones, requerimientos, principios, pautas, etc. Entonces, parece obvio que la reacción “natural” del hombre moderno sea la rebelión: “No me digas lo que tengo que hacer”.

Sin embargo, ante todo, me gustaría señalar que a nadie se le fuerza a practicar la fe católica. “Pero, mi madre me dijo..." Vale ya, no seas inmaduro. Quizá tu madre te haya animado u obligado, pero tú eres libre de creer o no. Y una vez que tú ya te vales por ti mismo, puedes tomar tus propias decisiones. La rebelión y el odio contra la fe católica me parecen, en realidad, una reacción infantil.

Con frecuencia he oído compararlo con una receta. Nadie acusaría a un buen cocinero de imponer su voluntad a los demás cuando pone por escrito paso por paso una deliciosa receta. De hecho, a menudo la queja va en el sentido contrario: ¿Por qué no habrá indicado las medidas exactas?

Sigamos con este ejemplo. La Iglesia describe la receta de Jesús. No se trata de la receta para una cena o un postre. Es una receta para la vida. Y aquí está la diferencia: Jesús no es un simple cocinero. Él es el “Cocinero”. Su receta no es una simple receta entre las demás. Su receta es la “Receta”. Él vio cómo nuestras recetas estaban fallando un poco, mejor dicho, decayendo miserablemente. Por eso, Él mismo vino a levantarnos, a redimirnos, a enseñarnos cómo cocinar: cómo vivir o, mejor dicho, cómo ser.

Su receta, “el Camino”, como Él lo llama, no consiste en ninguna otra cosa salvo en Él mismo. Seguirle, creer en Él, imitarle, recibirle en la Eucaristía, unirse a Él, amar como Él ama: esa es la receta. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Así lo ha entendido siempre la Iglesia. Y esto nos ayuda a alcanzar la meta, a entender lo que significa en  nuestra  vida diaria. La Iglesia, con la autoridad que Él le dio, nos proporciona principios, guías, requerimientos, pautas y obligaciones, al igual que el cocinero experto cuando escribe su receta, o tus verdaderos amigos cuando te advierten que estás arruinando tu vida, o tu madre cuando establece ciertas normas (que también perdona cuando no se cumplen).

La Iglesia insiste, exhorta y recuerda con amorosa insistencia, porque el ejemplo solo vale hasta un punto: una pizca de sal, una taza de harina o una porción de mantequilla, no corren peligro.

Nuestras vidas sí corren peligro.

Tu vida está en peligro.

Piénsalo.

Ante esta situación, la única reacción lógica es la siguiente: “¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!”